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Por Eduardo López Betancourt
Ser torero, es jugarse la vida con un capote frente a la muerte y convertir ese instante en arte.
Ser ganadero es otro acto de magnificencia, un verdadero mecenas que, durante cinco años, cría en la dehesa al animal más bello y bravo del planeta.
En la plaza de toros existen dos presencias esenciales: el empresario, quien arriesga su patrimonio para hacer posible “la fiesta”, y el público, que no es simple espectador, sino también juez, analista y soberano del tendido, premia con un olé o condena con silencio; sin ese juicio no hay figura, sin esa mirada implacable nada de arte; y sobre todo, está la gente que sostiene la tauromaquia con el corazón; esas féminas que se enamoran del torero, sabiendo que cada tarde puede no regresar; la madre que reza con rosario en mano cuando su hijo se “viste de luces”; las familias que viven con miedo y dolor, el cual inevitablemente acompaña en el redondel.
Esa grandeza tiene nombres, en España: Joselito, Belmonte, Manolete, José Tomás y Morante; en México: Gaona, Arruza, Silverio Pérez, Manolo Martínez y Eloy Cavazos. Personalidades irrepetibles que hicieron del toreo magia.
¿Qué sería del mundo sin toros? Sin ellos, Hemingway no habría escrito “Fiesta”; Lorca su “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”; Georges Bizet no hubiese creado “Carmen”, ópera que inmortalizó a una mujer enamorada de un torero. Hasta Cervantes los llevó a sus páginas, en el capítulo LVIII de la Segunda Parte de “El Quijote”, donde Don Quijote enfrenta a embravecidos bureles de Jarama y señala: «¡Para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas!»
Son películas, novelas, pasodobles, himnos, Goya, Picasso y siglos de cultura. La llamada “fiesta brava”, ha inspirado a un universo entero; podrán prohibirla por un tiempo, inclusive intentar borrarla, pero mientras haya memoria, pasión y arte, tendrá que volver; porque un mundo sin toros estaría incompleto.
