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COLUMNA
ANA E. ROSETE
ACLARANDO LA CAPITAL
Lo dije durante una plática de café y, aunque la frase sonaba fuerte, la conté entre risas. La noche anterior, una mujer me había llamado “abortera asesina”, además de regalarme una colección de insultos que incluía “féminazi”, “naca” y “culera”. Lo curioso es que no me ofendí.
Quizá porque hace tiempo entendí que defender el derecho de las mujeres a decidir no significa estar promoviendo que aborten.
Esa diferencia parece sencilla, pero todavía hay quienes se niegan a entenderla.
Durante la conversación recordé mis años como voluntaria acompañando a mujeres que acudían a interrumpir un embarazo. Ahí aprendí que la palabra “aborto” no alcanza para contar las historias que existen detrás de cada decisión.
Vi mujeres llegar con miedo, con dudas, con tranquilidad, con culpa, con absoluta certeza o simplemente con la necesidad de que alguien las acompañara. Ninguna historia era igual a otra.
También me tocó ver a hombres y mujeres intentar convencerlas de no abortar. Algunas personas recurrían a la religión, a la culpa y a la llamada palabra del Señor para intentar cambiar una decisión que no les pertenecía.
Porque no, la lucha feminista no consiste en convencer a todas las mujeres de abortar. Consiste en que todas tengan derecho a decidir.
Si una mujer quiere ser madre, que pueda serlo. Que tenga acceso a salud, guarderías, educación, trabajo digno, seguridad y todas las condiciones que le permitan ejercer esa maternidad.
Y si una mujer decide no continuar un embarazo, que también pueda acceder a un procedimiento seguro, legal, gratuito y acompañado por profesionales de la salud.
Las mujeres de la Ciudad de México somos afortunadas en ese sentido. Desde 2007 existe la Interrupción Legal del Embarazo y la capital cuenta con servicios públicos para atender estos procedimientos. En abril de 2026, el Gobierno capitalino informó que desde la aprobación de la ILE se habían realizado más de 300 mil atenciones y que no se habían registrado muertes maternas asociadas a esos procedimientos dentro del programa.
Pero esa posibilidad no existe de la misma manera para todas.
El código postal todavía puede determinar qué tan fácil es para una mujer acceder a un aborto seguro. Y cuando el acceso se vuelve complicado, caro o clandestino, las consecuencias pueden ser terribles.
Todavía hay mujeres que mueren intentando abortar.
Eso debería bastarnos para entender que la discusión no puede quedarse en si alguien considera moral o inmoral interrumpir un embarazo. Porque el aborto existe independientemente de nuestras creencias.
Yo tengo mis convicciones. Llevo con orgullo mi pañuelo verde y mis gafas moradas. Mi llegada al feminismo tampoco fue automática. Me costó entenderlo, cuestionarme y comenzar un proceso de deconstrucción que, para ser honesta, todavía no termina.
Pero hay algo que sí aprendí en el camino: mi cuerpo es mío. Y si alguna vez quedara embarazada, la decisión sobre si quiero ser madre tendría que ser mía.
No de un político. No de una iglesia. No de una persona desconocida. No de alguien que se sienta con derecho a decirme qué debo hacer. Mía.
