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Por Ricardo Sevilla
Reginaldo Sandoval no es solo un operador parlamentario. Es el arquetipo de la burocracia partidista que ha sabido capitalizar la hegemonía del oficialismo sin perder los privilegios de su aparato propio.
El tipo ha logrado encadenar tres legislaturas consecutivas en San Lázaro (2018-2021, 2021-2024 y 2024-2027) y se ha atrincherado en la Junta de Coordinación Política (JUCOPO), el espacio más cotizado del Congreso, donde se negocia la agenda del país y, sobre todo, el gasto interno.
Aunque jamás lo acepten públicamente, lo cierto es que, bajo la cúpula que integra Sandoval, el PT ha operado como una franquicia electoral altamente rentable.
En 2024, su partido aseguró una bolsa de más de 450 millones de pesos de financiamiento público federal para gasto ordinario y campañas.
Lo mejor para los petistas fue que lograron todo eso con votaciones que sistemáticamente rondan entre el 3% y el 5% a nivel nacional. Pocos votos, muchas ganancias. Un negocio redondo. ¡Y lucrativo!
Ahora bien, el peso real de Reginaldo Sandoval no se mide en sus discursos sobre la “transformación social”.
En realidad, hay que medir sus “atributos” en las frías métricas del poder legislativo y presupuestal: la supervivencia de la izquierda satélite a través de la institucionalización del pragmatismo.
Ellos, en el PT dirán lo contrario, pero no tienen ideología. Lo suyo es cálculo político. Venden su lealtad legislativa al por mayor y cobran en plurinominales.
Con el pretexto de defender la “ortodoxia ideológica” de la Cuarta Transformación, el PT aprieta a su aliado mayoritario en las negociaciones presupuestales y electorales, utilizando su puñado de curules como un garrote parlamentario.
No todos lo recuerdan, pero el PT nació en los noventa con raíces populares y maoístas. Mutó rápido. Y radicalmente. Hoy es una estructura corporativa que le ha sabido sacar jugo a su partidito. Aporta los votos clave para las reformas constitucionales del oficialismo y, a cambio, cobra su cuota de representación plurinominal.
Así garantiza la permanencia de su cúpula. No gobiernan, pero nunca pierden.
Y digamos las cosas como son: en el PT no hay revolucionarios ni transformadores; solo hay un grupo de astutos intermediarios que descubrieron que la democracia mexicana paga muy bien el arte de extorsionar desde la tribuna.
