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Eduardo López Betancourt
Ser humano no es encerrarse
“Homo sum, humani nihil a me alienum puto”
Hombre soy, nada humano me es ajeno.
Lo dijo Publio Terencio Afro, joven de apenas 25 años, hace 2,191 años, 165 antes de Cristo, en Roma.
Terencio no era emperador ni general, era un esclavo liberado, de origen africano, que llegó a ser el comediógrafo más fino de Roma. No era una frase para un libro de filosofía, era un enunciado para la vida diaria, para expresar: mientras respire, todo lo humano me interesa, me duele y alegra.
Siglos después, la repitió el genial Carlos Marx, precisamente porque resume lo mejor del humanismo: “No hay tema humano —el amor, el deseo, el cuerpo, la vejez, la enfermedad, la risa— que no nos pertenezca”.
¿Y qué tiene que ver esto con alguien de más de 80 años? Todo.
A los 25 años Terencio señaló que ser humano es no cerrarse, con más de 80, un individuo que pregunta por su corazón, su próstata, su testosterona, su erección, sueños y anhelos, está realizando exactamente lo mismo que aquel joven hace dos milenios, afirmando que sigue siendo hombre. La sociedad nos quiere convencer que a partir de los 80 años ya hay que retirarse de lo humano, que el amor ya no es para uno, que la intimidad es vergonzosa, que aprender ya no toca; está diciendo, sin saberlo, la máxima de Terencio: “Todavía soy hombre, y nada humano me es ajeno”.
Esa oración se formuló hace 2,191 años y sigue vigente, porque es verdad.
Nunca se deja de aprender.
Nunca se deja de desear.
Nunca se deja de ser humano.
Y cuando un zagal de 25 años y un varón mayor de 80 exponen lo mismo, la vida se cierra en un círculo perfecto, el que empieza a vivir y quien ha vivido mucho coinciden en lo esencial. Por eso esta frase reanima, nos recuerda que mientras haya curiosidad, existe vida.
Terencio a los 25 años, tú más de 80, la misma dignidad humana.
