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Por Ana E. Rosete
Septiembre llega pintado de amarillo para hablar de prevención del suicidio, pero detrás de cada número hay una historia, una familia, una ausencia y, muchas veces, una red de apoyo que llegó tarde o que simplemente nunca existió. Hay dolores que no se pueden medir en una estadística.
Yo tendría 15 años o 30, así en una eternidad. Y quizá por eso septiembre no me parece una campaña más en el calendario. Me recuerda que hay edades que deberían seguir avanzando y que, cuando una vida se interrumpe demasiado pronto, el tiempo de quienes se quedan también cambia para siempre.
Por eso hablar de prevención del suicidio no puede reducirse a decir “pide ayuda”. ¿A quién se la pedimos? ¿Dónde está esa ayuda? ¿Cuánto cuesta? ¿Cuánto hay que esperar para recibir atención psicológica? ¿Qué pasa con quien vive en una casa donde nadie sabe escuchar? ¿Qué ocurre con un adolescente que pasa horas en redes sociales, pero no encuentra a un adulto capaz de preguntarle seriamente cómo está?
Las redes de apoyo son fundamentales. Una llamada, una conversación, una amistad, una madre, un padre, una maestra, un médico o simplemente alguien dispuesto a quedarse pueden hacer una diferencia enorme. Pero no podemos convertir a las familias y a los amigos en la única política pública frente a una crisis de salud mental.
El Estado también tiene que estar ahí.
Prevenir significa invertir en salud mental, ampliar la atención psicológica y psiquiátrica, fortalecer las líneas de ayuda, capacitar a docentes y personal de salud, detectar señales de riesgo desde las escuelas y construir protocolos que no burocraticen el dolor. Significa que pedir ayuda no sea un privilegio de quien puede pagar una consulta particular.
Y también significa hablar de lo incómodo: la violencia, el acoso, la soledad, las adicciones, la precariedad, la violencia familiar y las condiciones sociales que pueden profundizar una crisis emocional.
Septiembre Amarillo debería servir para algo más que iluminar edificios o publicar una cinta amarilla en redes. Debería obligarnos a preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad y qué está haciendo el gobierno para que una persona en crisis encuentre una puerta abierta antes de llegar al límite.
Porque prevenir no es solamente evitar una muerte. Es construir las condiciones para que alguien pueda imaginar que vale la pena quedarse.
Y mientras haya quienes tengamos que contar las edades que ya no avanzaron, septiembre seguirá siendo una llamada de atención: que nadie tenga que atravesar su peor momento completamente solo.
