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Las lecciones de la victoria ultraderechista

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Por Ceci Vadillo

Este 6 de septiembre ocurrió algo que parecía impensable en Alemania: por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, un partido de ultraderecha ganó una elección regional.

Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo 43.8% de los votos en Sajonia-Anhalt, más del doble que hace cinco años. La CDU del canciller Friedrich Merz cayó al 17.2%, su peor resultado histórico en ese estado. Y no ocurrió por falta de participación: votó el 77.8% del electorado.

El dato importa porque la propia inteligencia alemana ha clasificado a la organización regional de AfD como extremista de derecha. Entre sus propuestas está la llamada “remigración”, que plantea deportaciones masivas y una política profundamente restrictiva hacia las personas migrantes.

¿Cómo llegó hasta ahí?

No basta con señalar el racismo o el autoritarismo de la ultraderecha. Hay que entender las condiciones que permiten su crecimiento. La incertidumbre económica, el aumento del costo de vida, el desencanto con los partidos tradicionales y, sobre todo, la sensación de no tener un futuro mejor han alimentado su avance.

Lo ocurrido en Alemania deja una lección para México: a la ultraderecha no se le combate solamente con discursos, sino construyendo bienestar.

Ahí está una de las grandes diferencias de nuestro país. Durante los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, el salario mínimo ha aumentado, millones de personas han salido de la pobreza y los programas sociales se convirtieron en derechos. No es casualidad que la presidenta mantenga niveles de aprobación cercanos al 70%.

Pero sería un error confiarnos.

La ultraderecha se articula globalmente y utiliza las redes sociales, la desinformación y el miedo para crecer. En América Latina, además, históricamente los proyectos de derecha radical han estado acompañados por intereses externos sobre nuestros territorios y recursos.

Por eso la transformación tiene que seguir desde abajo: caminando las calles, escuchando, organizando comités, combatiendo la desinformación y garantizando que los recursos públicos lleguen a quienes más los necesitan.

La mejor barrera frente a la ultraderecha es una democracia que funcione. Una democracia que distribuya, que escuche y que le dé a la gente algo que el miedo nunca podrá ofrecer: esperanza en el futuro.

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