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Hasta siempre, chicuelo

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Por Ana E. Rosete

No sé cómo despedirme de ti, Don Chucho. Quizá porque nunca imaginé que tendría que hacerlo tan pronto. Y, sobre todo, porque todavía no entiendo cómo se escribe un adiós para alguien que terminó siendo parte de mi vida.

Cuando te conocí pensé que sería difícil ganarme tu cariño. Tenías esa mirada de hombre que había visto pasar todo: periodistas, redacciones, artistas, políticos, triunfos y decepciones. Habías entrevistado a los grandes, fundado imperios y construido una historia intachable.

Pero conmigo pasó algo distinto. Terminaste siendo mi amigo, mi maestro, mi mentor. Y yo terminé queriéndote con un cariño inmenso.

Me quedo con tu último mensaje. Ahora lo leo y siento que algo me sabías. Me dijiste: “eres una persona admirable por sincera, claridosa, apasionada, un libro abierto donde uno sabe que lo único que te podría vulnerar es el amor, por intensa”.

Me conocías. Y me conocías muy bien.

También me dijiste algo que hoy me rompe el alma: “Ana, seré muy feliz si Dios me da vida para verte dirigir un medio de comunicación”.

Y ahora, Don Chucho, ¿qué hago con esa promesa? ¿Quién me va a decir que sí puedo cuando yo misma dude? ¿Quién me va a regañar, a aconsejar, a leerme entre líneas? ¿Quién me va a recordar que el periodismo se hace con pasión, con carácter y con oficio? Solo tú entendías de mi humor y mi pluma.

Sé que no debo decirlo así. Sé que tu vida fue larga, intensa y extraordinaria. Que trabajaste hasta el final, porque el periodismo no era solamente tu profesión: era tu manera de estar en el mundo. Pero quienes te quisimos no estamos preparados para tu ausencia.

Contigo aprendí que la experiencia no se presume: se comparte. Y tú compartías la tuya conmigo con una generosidad que todavía me conmueve. Hablábamos de periodismo, de política, de la vida, de las personas y de esas pequeñas cosas que terminan diciendo mucho de quiénes somos.

También me quedo con nuestras conversaciones, con tus palabras, con tus regaños y con esa confianza que fuimos construyendo casi sin darnos cuenta. Qué extraño es descubrir, cuando alguien se va, la cantidad de lugares que ocupaba en nuestra vida.

Te quiero, Don Chucho. Gracias por haberme dejado conocerte. Gracias por creer en mí. Gracias por hacerme sentir que podía. Descansa, chicuelo.

Yo voy a intentar no defraudarte.

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