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Por Ana E. Rosete
Claudia abrió una puerta
Existe algo que no debería perderse entre cifras, discursos y balances: México lleva casi dos años comprobando que una mujer puede conducir el país desde el centro mismo del poder.
Claudia Sheinbaum llegó a la Presidencia con una condición que durante décadas parecía reservada para la excepción: ser mujer y, al mismo tiempo, ejercer el poder sin pedir permiso para hacerlo.
En su informe, el tema de las mujeres ocupa un lugar que va más allá de las políticas públicas. Hay una narrativa de fondo: la de un gobierno que pretende que la igualdad deje de ser una promesa y se convierta en estructura. Desde el reconocimiento de los derechos de las mujeres hasta las políticas de cuidados, la atención a la violencia y la incorporación de la perspectiva de género en las instituciones, el mensaje político es claro: gobernar también significa desmontar desigualdades históricas.
Pero el feminismo desde el poder tiene una prueba mucho más difícil que llenar discursos: demostrar resultados.
Porque una mujer en la Presidencia no significa, por sí misma, que las mujeres estén mejor. El verdadero indicador estará en las mujeres que puedan vivir sin miedo, denunciar sin ser revictimizadas, trabajar con mejores condiciones, decidir sobre su propia vida y dejar de cargar solas con los cuidados.
Sheinbaum tampoco tiene que demostrar que gobierna “como mujer”. Tiene que demostrar que gobierna bien. Y ahí está precisamente la dimensión política de su llegada: no se trata de feminizar el poder, sino de normalizar que el poder también pertenece a las mujeres. Y ella lo está consiguiendo.
Quizá ese sea uno de los cambios más profundos de este sexenio. Que una niña mexicana pueda mirar Palacio Nacional y no imaginar que algún día una mujer llegará a gobernar México, sino asumir que puede hacerlo.
La verdadera revolución feminista empieza cuando deja de parecer una revolución. Y Claudia, abrió una puerta que jamás se debe cerrar.
