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Por Ricardo Sevilla
La reaparición de Enrique Peña Nieto en Portofino, Italia, dejó al descubierto tres cosas: que es un mentiroso, un desfachatado y un encubridor.
Y es que el exmandatario priista fue captado junto al magnate israelí Avishai Neriah, representante de la red comercial KBH, la cual escaló de la venta de chalecos antibalas en México a la distribución estratégica –y millonaria– de Pegasus.
Recordemos que ese software militar tuvo la capacidad de infectar dispositivos móviles, extraer información privada y activar micrófonos de manera remota sin dejar rastro. Peña Nieto lo negó. Dijo que era mentira y calumnia de los medios que lo atacaban.
Pues ahora sabemos que el mentiroso siempre fue él.
El video no deja lugar a dudas; ahí está EPN, muy campante y quitado de la pena en una fiesta VIP.
El expresidente se ve, perfectamente tranquilo e integrado, en el festejo de bodas del cantante Omer Adam (un tipo acusado de racismo) y con música de Motty Steinmetz (un personaje denunciado por segregación de género).
Peña Nieto quiere que nos olvidemos que, hace algunos años, documentos de un juicio arbitral revelaron que la red de Neriah le dio 25 millones de dólares a la estructura de EPN para ganar contratos con la SEDENA, la extinta PGR y el CISEN.
Esta herramienta de vigilancia ilegal se utilizó para intervenir los teléfonos de periodistas, activistas y políticos de oposición.
Años más tarde, cuando Peña ya estaba fuera del poder y de México, el SAT confirmó que varias de estas intermediarias operaban como empresas fantasma dedicadas a la simulación de operaciones fiscales y al blanqueo de capitales.
La historia no absolverá a Peña Nieto, pero mientras la justicia mexicana siga ciega, muda y complaciente, Portofino será solo la primera parada en el impune y ostentoso itinerario de su cinismo.
