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Por Eduardo López Betancourt
El hombre queda marginado
El matriarcado es un sistema de organización familiar o social en el que la autoridad recae en una mujer, generalmente quien da origen a una familia o, en un plano más amplio, gobierna una comunidad apoyada exclusivamente en colaboradoras femeninas.
Se trata de un modelo orientado sobre todo al ámbito doméstico, en donde una abuela o bisabuela se convierte en eje y sostén de la familia. Es, sin duda, un esquema opuesto al patriarcado, en el cual dicho eje recae en un varón, por lo regular el de mayor edad del grupo familiar. El antecedente más remoto de este último es el Pater familias, institución romana mediante la cual un núcleo doméstico dependía exclusivamente del hombre de mayor autoridad, aunque a él se sumaban parientes de diversa índole e incluso amigos, llamados clientes, que dependían económicamente de su figura.
Volviendo al matriarcado, este se fue consolidando cuando la mujer permanecía al frente del hogar ante la ausencia del marido, quien partía, por ejemplo, a la guerra, dejando patente su alejamiento del hogar y de los hijos. Es en ese contexto donde surge dicha institución, que cobró mayor presencia en regiones marcadas por conflictos bélicos recurrentes.
Podemos distinguir dos variantes del matriarcado. Al primero lo llamamos puro: la mujer mayor, titular de la institución, provee económicamente a la familia, otorga los recursos y merece veneración y respeto. Al segundo lo denominamos impuro: aquel en que la mujer, sin aportar recursos, se apropia del poder absoluto, manda y decide sin límite, mientras que el proveedor, el hombre, es marginado, humillado y despojado de toda capacidad de decisión. Este segundo modelo se observa con frecuencia en nuestro entorno social, donde, amparada en una supuesta igualdad, la mujer se convierte en verdadera dictadora del hogar.