57 lecturas
Por Juan R. Hernández
La modernidad llegó a los mercados y tianguis de la Ciudad de México, pero también los delincuentes aprendieron rápido. Terminales bancarias, códigos QR y transferencias facilitaron las ventas, aunque abrieron una puerta a nuevas formas de fraude. El diputado Ángel Tamariz puso el tema sobre la mesa al pedir a SEDECO y las 16 alcaldías reforzar la capacitación en seguridad digital para comerciantes.
Y no es asunto menor. Aplicaciones falsas que simulan depósitos, robo de terminales, sustracción de datos y contracargos indebidos forman parte de un catálogo criminal que crece mientras miles de locatarios apenas comienzan a familiarizarse con estas tecnologías. Modernizar sin capacitar puede terminar saliendo muy caro.
Pero el fraude también se disfraza de amor. Víctimas de la llamada “estafa romance” han reportado pérdidas de hasta 2 millones de pesos, mediante relaciones sentimentales utilizadas para conseguir dinero, créditos o bienes. La morenista Elizabeth Mateos impulsa reformas federales para que estas conductas sean consideradas violencia económica y patrimonial. Habrá que ver si el Congreso logra convertir la preocupación en herramientas jurídicas efectivas.
Y hablando de pérdidas, aunque políticas, el PRD capitalino sigue desmoronándose. Con más de 81 millones de pesos en prerrogativas, el partido enfrenta ahora la renuncia de Cecy Ocampo, presidenta de Movimiento Nueva Aztlán, quien lo definió sin contemplaciones: un “cascarón vacío”.
Ocampo acusa que mientras las dirigencias presumen una fuerza política cada vez menos visible, el partido quedó atrapado entre disputas por recursos, intereses ajenos y plazas vacías. También señaló a Isaías Villa y Polimnia Romana por privilegiar las prerrogativas sobre las causas sociales.
La paradoja resulta inevitable: mientras comerciantes deben aprender a proteger cada peso frente a los fraudes digitales, en la política todavía existen partidos que reciben millones aun cuando pierden militantes, presencia y credibilidad.
En unos casos, el reto será evitar que la tecnología vacíe los bolsillos; en otros, comprobar si todavía queda algo dentro del cascarón.