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El Mundial se fue; la ciudad se quedó

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Por Ana E. Rosete

Con obras inconclusas

Por un mes, la Ciudad de México se vistió de fiesta. Hubo banderas, turistas, pantallas, operativos, discursos, fotografías y, como suele ocurrir cuando llega un acontecimiento de talla mundial, una larga lista de promesas sobre la ciudad que seríamos después del espectáculo.

Pero el balón dejó de rodar y la fiesta terminó. Y entonces apareció la ciudad de siempre.

La de las obras inconclusas. La de los proyectos que avanzan con calendario político y se retrasan con calendario administrativo. La de las calles que vuelven a mostrar sus mismas heridas apenas desaparecen los reflectores. La ciudad que durante unas semanas fue presentada como una gran capital internacional y que, terminado el Mundial, tuvo que volver a enfrentarse a sus pendientes de todos los días.

Ese es quizá el verdadero balance político de la Copa del Mundo en la capital: el acontecimiento duró un mes; los problemas siguen aquí.

No se trata de negar el impacto económico, turístico o internacional de haber recibido al mundo. Sería absurdo. La Ciudad de México ganó exposición, visitantes y una oportunidad para mostrar su capacidad de organización.

Pero una ciudad no se transforma por decreto ni por una ceremonia inaugural.

Tampoco por colocar publicidad, pintar fachadas o llenar avenidas de símbolos mundialistas.

Una ciudad cambia cuando las obras prometidas se terminan, cuando la infraestructura permanece después de la fiesta y cuando el ciudadano común obtiene algo más que una fotografía espectacular de su ciudad.

Porque el Mundial también dejó una pregunta política inevitable: ¿qué infraestructura quedará cuando ya no haya cámaras internacionales apuntando hacia ella?

Ahí está el problema.

Durante meses se habló de modernización, movilidad, recuperación urbana y de la oportunidad histórica que representaba el torneo. Se construyó un relato de ciudad global, moderna y preparada para recibir al planeta entero.

Pero los relatos tienen una peculiaridad: duran exactamente lo que dura el discurso que los sostiene.

La realidad, en cambio, permanece.

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