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Hay una pregunta que suele repetirse entre quienes analizan el crecimiento empresarial en México: ¿conviene especializarse a fondo en un solo giro o construir una estructura capaz de moverse entre varios? Víctor Alonzo Chávez Vega, empresario michoacano de 34 años, eligió la segunda opción, y su recorrido ofrece pistas sobre por qué esa apuesta tiene sentido en un país donde la infraestructura sigue siendo una necesidad urgente en muchas regiones.
Chávez Vega no viene de una familia con fortuna previa. Creció en Michoacán, en un entorno modesto, y desde ahí fue construyendo los primeros proyectos que después se convertirían en una red de empresas con presencia en telecomunicaciones, construcción, servicios aéreos, seguridad privada, atención prehospitalaria, transporte de hidrocarburos y comercio exterior. Dicho así, de corrido, suena a un catálogo demasiado extenso para que alguien lo sostenga con coherencia. Pero cuando se mira de cerca, aparece un hilo conductor: todas esas actividades giran alrededor de logística, movilidad y conectividad, es decir, de lo que necesita cualquier región para desarrollarse.
Su perfil público es discreto. No es un empresario que busque reflectores ni portadas, algo que contrasta con el tamaño que han alcanzado algunos de sus proyectos. Esa discreción, dicen quienes lo conocen, tiene que ver con un estilo de trabajo enfocado en la operación diaria y en construir relaciones de confianza con otros empresarios regionales, particularmente en el sector de telecomunicaciones.
Uno de los ejemplos más claros de esa diversificación es una fábrica de fibra óptica ubicada en Morelia. Se trata, según cifras del propio grupo, de una de apenas cuatro instalaciones de este tipo que existen en el país. No es un dato menor: producir fibra óptica en México, y no solo importarla, tiene implicaciones que van más allá del ahorro en aranceles. Significa participar directamente en la cadena que sostiene la expansión de internet, justo en un momento en que el consumo de datos no deja de crecer y en que todavía existen comunidades sin cobertura confiable.
Esa planta no solo abastece al mercado nacional. También exporta a distintos países de América Latina, lo que la coloca dentro de un circuito más amplio de comercio tecnológico regional. Y aquí aparece otra pieza del rompecabezas: la división de comercio exterior de GBIC, el grupo que encabeza Chávez Vega, importa desde Asia tecnología y materiales especializados, mientras busca colocar en otros mercados productos hechos en México, desde la fibra óptica de Morelia hasta el mezcal.
Ese doble movimiento, traer conocimiento de fuera y producir valor agregado adentro, es algo que cada vez más compañías mexicanas están intentando replicar. El reto, siempre, es que ese intercambio no se quede solo en distribuir mercancía, sino que genere capacidades productivas reales.
Otro terreno donde Chávez Vega ha tenido un papel activo es la Unión de Concesionarios de Redes Públicas de Telecomunicaciones, una organización que agrupa a alrededor de 135 operadores regionales en distintas zonas del país. Estos operadores cumplen una función que pocas veces se reconoce: llegan a localidades que las grandes empresas de telecomunicaciones consideran poco rentables por su tamaño o su dispersión geográfica. El problema es que, precisamente por ser pequeños, suelen tener dificultades para financiar equipo nuevo o ampliar sus redes.
Para atender ese hueco, existe una sociedad financiera vinculada al grupo que ofrece opciones de financiamiento a estos concesionarios, pensada para que puedan actualizar tecnología o extender cobertura. El beneficio, en teoría, no se queda solo en el operador: se traduce en más posibilidades de acceso a internet para comunidades que hoy tienen opciones limitadas, algo que se volvió todavía más evidente cuando la educación, el comercio y los trámites administrativos se trasladaron, en buena medida, a lo digital.
La parte de infraestructura física del grupo incluye tres helipuertos y un aeródromo, instalaciones que respaldan servicios aéreos y traslados especializados, además de apoyar la logística de otros proyectos. A esto se suma una división de ambulancias terrestres, un servicio que exige coordinación constante, personal capacitado y capacidad de respuesta inmediata, cualidades que no siempre son fáciles de sostener a escala.
En el terreno energético, la diversificación también avanza. El grupo participa en transporte y distribución de hidrocarburos y opera estaciones de servicio, al tiempo que ha comenzado a explorar proyectos de estaciones de carga para vehículos eléctricos. Es un ejemplo bastante claro del momento de transición que vive la industria: los combustibles tradicionales siguen siendo centrales para el transporte, mientras la electrificación avanza a distintas velocidades según la región, la infraestructura disponible y el costo de los vehículos. El desafío no es solo subirse a la tendencia, sino calcular bien dónde hay demanda real y cómo construir puntos de carga que funcionen de manera sostenible, no solo en las grandes ciudades.
Todo este movimiento tiene, además, un impacto directo en el empleo. El conglomerado reporta cerca de 3,000 puestos de trabajo directos repartidos entre sus distintas áreas, desde perfiles técnicos hasta administrativos y operativos, cada uno con exigencias muy distintas según el sector.
Sostener una estructura así no es sencillo. Cada industria en la que participa el grupo tiene su propia regulación, sus propios riesgos y su propia lógica de competencia. Telecomunicaciones, hidrocarburos, seguridad, transporte aéreo y servicios de emergencia no solo requieren capital: requieren controles internos sólidos y personal con experiencia específica en cada área. El verdadero desafío de cualquier conglomerado diversificado no es sumar sectores, sino lograr que funcionen de manera coordinada sin que ninguno pierda calidad.
La historia de Chávez Vega, en ese sentido, ilustra algo que se repite entre ciertos empresarios regionales en México: comenzar desde un estado, sin grandes capitales de arranque, y construir gradualmente una red de negocios que termina teniendo alcance nacional e incluso proyección internacional. Lo que viene ahora, más que sumar nuevos giros, parece ser un proceso de consolidación: profesionalizar procesos, integrar mejor las operaciones entre divisiones y seguir respondiendo a necesidades muy concretas de conectividad e infraestructura en el país.