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Por Ana E. Rosete
Enfrenta desafíos grandes
Conforme se acerca el proceso electoral, la Ciudad de México comienza a entrar, otra vez, en el terreno de las especulaciones.
Nombres que aparecen y desaparecen, alianzas que hace apenas unos meses parecían impensables y dirigentes que descubren coincidencias donde antes sólo encontraban diferencias. Así funciona la política. Lo preocupante no son las coaliciones en sí, sino que, una vez más, la discusión corra el riesgo de quedarse en quién va con quién, en lugar de para qué.
La capital del país enfrenta desafíos demasiado grandes como para reducir la elección de diputados y alcaldes a una competencia de marketing político. La ciudadanía vive todos los días problemas que no distinguen colores partidistas: inseguridad, movilidad, agua, vivienda, comercio informal, servicios públicos deficientes y una creciente percepción de que las soluciones siempre llegan más lento que las promesas.
En ese contexto, las alianzas deberían construirse alrededor de proyectos de ciudad y no únicamente de cálculos electorales. Las coaliciones son legítimas en cualquier democracia; incluso pueden enriquecer la representación política cuando logran sumar visiones distintas. Pero también pueden convertirse en simples acuerdos para repartir candidaturas y cuotas de poder, dejando en segundo plano el interés ciudadano.
Los próximos meses pondrán bajo la lupa no sólo a quienes aspiran a gobernar una alcaldía, sino también a quienes buscarán un lugar en el Congreso. Y quizá ahí radique una de las decisiones más importantes para los votantes. Son los diputados quienes aprueban presupuestos, reforman leyes, fiscalizan al Ejecutivo y definen buena parte del rumbo institucional de la ciudad. Sin embargo, con frecuencia sus campañas pasan desapercibidas frente al protagonismo de las contiendas por las alcaldías.
La Ciudad de México necesita alcaldes capaces de resolver los problemas cotidianos y diputados dispuestos a debatir con argumentos, no a obedecer consignas. Necesita representantes que entiendan que gobernar no consiste en administrar redes sociales ni en vivir en campaña permanente, sino en ofrecer resultados medibles.
También sería deseable que el debate político abandonara la narrativa de la confrontación absoluta. Convertir cada elección en una batalla entre “buenos” y “malos” ha polarizado el espacio público sin mejorar la calidad de los gobiernos. La democracia se fortalece cuando existe competencia, pero también cuando hay capacidad para construir acuerdos, reconocer aciertos y corregir errores.
Los ciudadanos han demostrado ser mucho más exigentes que hace algunos años. Hoy observan trayectorias, evalúan resultados y castigan incumplimientos con mayor rapidez.
La lealtad partidista ya no basta para garantizar triunfos, ni la popularidad de un gobierno asegura el respaldo automático a todos sus candidatos.
Las próximas elecciones serán, sin duda, una disputa por el poder. Pero también representan una oportunidad para que los partidos demuestren que aprendieron algo de los últimos años. La Ciudad de México merece campañas con propuestas, candidatos preparados, legisladores que representen a sus electores y gobiernos que entiendan que la confianza ciudadana se construye todos los días y nunca debe darse por sentada.