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Por Lengua larga
Si Alessandra Rojo de la Vega le dedicara el mismo tiempo a gobernar que a fabricar escándalos, quizá la Cuauhtémoc no estaría convertida en un catálogo de pendientes.
Su más reciente cruzada no es contra la inseguridad, ni contra el ambulantaje que invade banquetas, ni contra los baches o el drenaje colapsado. No. Su prioridad son dos estatuas: las de Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara.
Desde que ordenó retirarlas en 2025, argumentando presuntas irregularidades administrativas en su instalación, la alcaldesa convirtió el tema en una bandera política.
Ahora volvió a colocarlo en el centro de la conversación proponiendo cambiar las esculturas por obra pública o por un monumento a las madres buscadoras. El problema es que nadie ha explicado por qué una cosa tendría que excluir a la otra.
Porque aquí la discusión nunca fue el bronce. La discusión es la obsesión de Alessandra por vivir instalada en la confrontación.
Cada semana necesita un nuevo enemigo, una nueva pelea y una nueva conferencia para mantenerse vigente. Hoy son Fidel y el Che; mañana será cualquier otro tema que le garantice titulares. Mientras tanto, la alcaldía que gobierna sigue esperando resultados.
Basta caminar unas calles por la Cuauhtémoc para entender cuáles son las verdaderas prioridades: comercio informal desbordado, basura acumulada, banquetas ocupadas, luminarias descompuestas y colonias donde los vecinos siguen reclamando servicios básicos.
Pero esos problemas no generan tantas reproducciones en redes.
Las estatuas sí. Y ese parece ser el modelo de gobierno: administrar la conversación antes que la alcaldía.
La política espectáculo siempre tiene fecha de caducidad. Los vecinos pueden soportar una conferencia, dos videos o diez publicaciones; lo que no soportan es que los problemas cotidianos permanezcan exactamente donde estaban mientras su alcaldesa libra batallas ideológicas.
Alessandra ganó una elección para gobernar la demarcación más importante del país, no para convertirse en comentarista permanente de la agenda nacional.
Las estatuas podrán cambiar de lugar, regresar o quedarse en una bodega. Eso es secundario. Lo verdaderamente importante es que la Cuauhtémoc deje de ser utilizada como escenario de una campaña política permanente.
Porque mientras la alcaldesa sigue peleando con monumentos, los problemas reales siguen inmóviles.
Y esos, por desgracia, no se resuelven con un video viral.