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Por Ceci Vadillo
El 80% de las personas cuidadoras de esta ciudad no se sienten cuidadas por nadie.
Ese dato explica por qué era urgente una Ley del Sistema de Cuidados y por qué esta conversación apenas comienza.
Hay un hecho que resume la gravedad del problema mejor que cualquier estadística: cuando alguien cuida a una persona con una enfermedad crónica, con frecuencia el cuidador se deteriora antes que quien recibe los cuidados. A veces incluso muere primero. Ese desgaste tiene nombre: síndrome del cuidador. Sin embargo, durante décadas ninguna política pública lo atendió.
Solía pensarse en los cuidados como un asunto privado, una obligación que recaía casi exclusivamente en las mujeres. Hoy sabemos que el trabajo de cuidados representa cerca del 30% de la economía, que el 90% no recibe remuneración y que el 70% es realizado por mujeres. Sostiene un tercio de nuestra economía, pero históricamente ha permanecido invisible.
Esta desigual distribución también explica por qué, aunque las brechas educativa y política entre hombres y mujeres se han reducido, la brecha económica permanece. Muchas mujeres seguimos tomando decisiones sobre nuestro futuro profesional en función de quién cuidará a los demás. Desde jóvenes se nos orienta hacia carreras “compatibles” con esa responsabilidad.
El Sistema Público de Cuidados busca cambiar esa realidad. A través de 100 Utopías y 200 Casas de las 3R, el Estado asumirá parte de las tareas de cuidado. Estos espacios ofrecerán servicios de salud, atención para personas mayores, cuidado infantil, rehabilitación, comedores comunitarios y mucho más.
Cada uno de esos servicios devuelve tiempo y libertad. Un comedor comunitario puede ahorrar horas de trabajo diario para quien cocina; un centro de cuidados permite que una madre de un hijo con discapacidad tenga, por primera vez en años, tiempo para sí misma. La meta es que cualquier persona encuentre estos servicios a quince minutos de su hogar.
Pero el sistema va más allá de construir espacios. También implica rediseñar el transporte, las banquetas, los mercados y los edificios públicos para que cuidar deje de ser una carrera de obstáculos. Significa que todas las instituciones, y también las empresas, asuman corresponsabilidad con licencias para cuidar que no obliguen a las personas a gastar sus vacaciones atendiendo a un familiar enfermo.
Porque ninguna sociedad puede llamarse justa mientras quienes sostienen la vida de los demás tengan que hacerlo en soledad.
