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Ciudad fea

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Por Eduardo López Betancourt

La otrora llamada Ciudad de los Palacios, como bien la denominó Charles Latrobe, no solo ha quedado atrás, sino que hoy evidencia el drama que se vive en la capital de la república.

Nuestro antecedente de origen lo constituye la gran Tenochtitlán, admirable por su organización: contaba con un sistema sumamente eficaz, donde canales impecables comunicaban la ciudad sin desmerecer la traza terrestre, que tampoco dejaba dudas de su grandeza. Un dato relevante: el historiador Ernesto Lemoine Villicaña realizó el estudio más completo sobre el desagüe de la gran Tenochtitlán y sobre cómo ese sistema se conserva hasta nuestros días, convertido en el llamado drenaje profundo. Este, por falta de mantenimiento, provoca cada vez más encharcamientos y, peor aún, verdaderos desastres: varias colonias terminan inundadas de aguas negras, porque las autoridades competentes insisten en no cumplir con su labor.

La Ciudad de México es ahora una metrópoli fea: calles sucias, plagadas de baches, saturadas de comerciantes ambulantes que responden a intereses mafiosos y ofrecen un espectáculo denigrante.

Al llegar por vía aérea, el aeropuerto huele a estiércol y el tráfico se vuelve insoportable. Es evidente la ausencia del más mínimo sentido común para atender las ingentes demandas de una urbe en pleno abandono, circunstancia que se refleja incluso en sus propios habitantes, quienes deambulan como seres inanimados, sumidos en la angustia y el temor ante la falta de seguridad.

El ambiente nauseabundo de la ciudad se padece con gran tristeza y decepción. Hasta hace pocas décadas, llegar a la Ciudad de México era motivo de distinción; en ella reinaban la comodidad y el orgullo. Hoy, en cambio, nuestra ciudad luce apagada, con servicios públicos en ruinas, y aquella urbe que floreció como un vergel en la época de Uruchurtu se ha convertido, ahora, en un auténtico desastre.

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