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Por Xóchilt Bravo Espinosa
Este fin de semana, nuestro querido Héctor Díaz-Polanco anunció su renuncia a la dirigencia de Morena en la Ciudad de México. Estoy convencida que su decisión de regresar a la labor académica no es un paso al costado, sino el retorno a una de las trincheras más estratégicas para nuestro movimiento: la formación de las ideas y la construcción de conciencia. Héctor no abandona la lucha; la fortalece desde otro espacio. Le expreso mi profundo agradecimiento y reconocimiento.
En una época en la que la política se mide por encuestas, cargos o campañas, Héctor nos enseña que las transformaciones duraderas también se construyen desde la formación, la congruencia y la ética.
Morena nació para transformar la vida pública de México. Esa diferencia no se sostiene sólo en discursos, sino en los principios que orientan nuestras decisiones. En esa tarea, pocos han aportado tanto como él.
Su participación fue decisiva en la construcción de los documentos básicos, estatutos y buena parte del andamiaje ideológico que distingue a nuestro movimiento. Mientras otros partidos redujeron sus plataformas a simples requisitos legales o catálogos de promesas, él entendió que un proyecto de nación necesita convicciones firmes, identidad política y una ética pública capaz de orientar el ejercicio del poder.
Durante años sostuvo que el triunfo electoral de 2018 no era el destino, sino el comienzo. La verdadera transformación debía expresarse en las conciencias, en la manera de ejercer el poder y en una nueva cultura política.
Tuve el privilegio de compartir con Héctor el trabajo legislativo en el Congreso de la Ciudad de México, donde presidió la Mesa Directiva. Es un hombre sereno, profundamente preparado y convencido de que la política se construye con argumentos, diálogo y principios.
Morena enfrenta uno de los momentos más importantes de su historia. Ya no luchamos por conquistar el poder; hoy tenemos la enorme responsabilidad de ejercerlo sin perder el rumbo. Por eso, el legado de Héctor Díaz-Polanco cobra mayor vigencia: que la política sólo transforma cuando nunca renuncia a sus principios y valores.
