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Por Miguel García Conejo
@kurt2767
El Mundial volvió a vender la idea de que el futbol une a las naciones. Durante unas semanas, banderas distintas compartieron tribunas y millones celebraron el mismo espectáculo.
Sin embargo, detrás de esa imagen de hermandad también quedó al descubierto una realidad incómoda: el éxito deportivo sigue siendo consecuencia de proyectos de largo plazo, inversión y organización, no únicamente de pasión.
España es un ejemplo. Hace cuatro décadas estaba lejos de la élite futbolística.
Hoy presume dos títulos mundiales gracias a una transformación basada en fuerzas básicas, capacitación de entrenadores, competencia permanente, una liga con ascenso y descenso y la influencia de futbolistas extranjeros que elevaron el nivel de exigencia. Además, sus jóvenes encuentran oportunidades para desarrollarse en las mejores academias y ligas del continente.
En contraste, México parece caminar en sentido contrario. La eliminación del ascenso y descenso redujo la presión competitiva, mientras que el sistema privilegia la permanencia en la Liga MX antes que impulsar a los talentos hacia ligas de mayor nivel. El resultado es un futbol cómodo, con escasos incentivos para evolucionar.
El Mundial deja una lección clara: el entusiasmo nunca sustituirá a la planificación.
Mientras unas naciones convierten el futbol en una política de desarrollo, otras siguen confiando en que la pasión, por sí sola, alcance para competir con los mejores.
