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Por Lengua Larga
Si algo ha sabido vender Alessandra Rojo de la Vega es la imagen de la política “ciudadana”. La que no le debe nada a los partidos. La que llegó para romper con las viejas prácticas. La que, según su propio discurso, no pertenece a ninguna fuerza política y únicamente responde a los vecinos. Pero cuando llega una opción mejor con piel priista, como Mónica Sandoval, entonces todos los dichos se olvidan. ¿Miedo o envidia?
En días recientes, la alcaldesa de Cuauhtémoc apareció en una reunión con liderazgos del PRI, entre ellos Israel Betanzos y Tonatiuh González, operadores de uno de los grupos más tradicionales del tricolor en la Ciudad de México. El acercamiento no ocurrió por casualidad. Y es que después del trabajo territorial realizado por Sandoval en la demarcación, Rojo de la Vega decidió tender puentes con quienes pueden garantizarle estructura y respaldo de cara a 2027.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿en qué momento dejó de ser la política sin partidos? Querido lector, para muestra, un estudio legislativo reciente demostró que Sandoval es la diputada con más trabajo en San Lázaro, y eso abre una disputa bastante fuerte. ¿A poco no?
Porque una cosa es recibir el apoyo de distintas fuerzas durante una campaña y otra muy distinta es buscar cobijo político con quienes representan justamente aquello que durante años dijo combatir. Si la bandera era la independencia, cuesta trabajo entender por qué ahora necesita el calor del viejo aparato priista.
Por qué hay que ser honestos, a quien debería respaldar el PRI es a Mónica, porque ella nunca ha negado la cruz de su parroquia.
La política tiene memoria, aunque algunos crean que basta con cambiar el discurso para borrar las fotografías. Quien construyó buena parte de su capital criticando a los partidos tradicionales hoy aparece dialogando con ellos cuando la sucesión empieza a asomarse en el horizonte.
No hay nada ilegal en reunirse con dirigentes del PRI. Lo cuestionable es la contradicción entre el relato y los hechos. Porque no se puede presumir autonomía mientras se buscan padrinos políticos. No se puede decir que los partidos quedaron atrás cuando las puertas que se tocan son precisamente las de los partidos.
Al final, la supuesta independencia parece haber sido más una estrategia de marketing que una convicción. Y, como suele ocurrir en política, las etiquetas duran hasta que llega la siguiente elección.
