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Un magistrado sin honor

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Por Eduardo López Betancourt

Esto que parece una historia amarga por su parecido con la realidad, en fin, sigue siendo cuento digno de Jorge Luis Borges. Todo ocurrió en un tribunal que tuvo más de real que de ficción. Lo integraba una persona decente, capaz y sumamente preparada, para infortunio, su colega era un sujeto deshonesto al que llamaban “la Cuquilla”: un descarado que utilizaba la oficina para asuntos personales y no era extraño ver ahí a su pequeña hija, como si el recinto judicial fuera una guardería.

También lo conformaba un joven de rostro inexperto que, al principio, parecía un “niño bueno” y resultó traidor, cínico y todo un bribón en extremo, a este último personaje lo apodaban “el Richi”, quien llegó a la magistratura vendiendo fantasías, como si fuera Walt Disney contando historias.

Durante cuatro años se luchó por encontrar justicia. La Cuquilla, desde el inicio, recibió dinero de una compañía poderosa, falta descubrir dónde lo ocultó y a quién involucró; por ello, inevitablemente, la prisión será su destino.

En este relato, “el Richi” es el protagonista, ya que se mostró partidario de la legalidad, expresó su voluntad de enfrentar a una empresa perversa y manifestó su decisión de actuar con rigor, sin tolerancia y con profundo sentido de justicia. ¿Qué le ocurrió después al desdichado Richi? Lo compraron. Se transformó en un truhan, traicionó sus principios y, en un acto procaz e indigno, cambió su voto por las treinta históricas monedas.

Por supuesto, esta trama no termina aquí, tendrá necesariamente otros capítulos en los que triunfará la justicia, porque los relatos sin ella carecen de sentido. Es momento de transformar la realidad, incluso usando cuentos y fábulas como instrumento para desterrar para siempre a los sinvergüenzas. Personajes como el Richi, y qué decir de la Cuquilla, han traicionado al País y han corrompido su ética, olvidando que el dinero no lo es todo.

La moraleja de este cuento es: ¿por cuánto vendió Richi su voto? De eso tendrá que rendir cuentas y exhibirse tal cual es, sin olvidar que los reptiles terminan mordiéndose a sí mismos. Pobre Richi, unos cuantos pesos pudieron más que la limpieza jurídica; insistimos este cuento no ha terminado y habrá otro final.

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