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Por Ana E. Rosete
@espinosa_rosete
Hay hombres que creen que apoyar a las mujeres significa hablar por ellas. Y ese es, precisamente, el problema.
Lo ocurrido durante la toma de protesta de la Red Nacional de Mujeres Defensoras de la Paridad, capítulo Guanajuato, dejó una imagen difícil de ignorar. En un evento pensado para reconocer el liderazgo femenino, el único hombre que tomó el micrófono fue el senador de Morena Emmanuel Reyes. Bastó ese gesto para recordar que el poder también se ejerce desde la palabra y que, muchas veces, los hombres siguen convencidos de que ningún espacio está completo si ellos no ocupan el centro.
No se trata de cancelar la participación masculina ni de impedir que un hombre asista a un acto organizado por mujeres. Se trata de entender que acompañar no es dirigir, respaldar no es protagonizar y escuchar también es una forma de hacer política.
Pero el momento más revelador llegó con una frase: “nuestras mujeres”.
Quizá para el senador fue una expresión cotidiana. Para muchas mujeres, en cambio, fue el reflejo de un lenguaje que durante siglos las colocó como propiedad de alguien más. Las mujeres no son “nuestras”, ni “de ustedes”, ni “de un partido”. Son personas con voz propia, con representación propia y con capacidad suficiente para encabezar su propia agenda sin tutelas masculinas.
Las imágenes del evento hablan por sí solas. Los gestos de varias asistentes, entre ellas Yulma Rocha, mostraban una incomodidad imposible de disimular. No hacía falta interrumpir al orador. El lenguaje corporal dijo lo que muchas seguramente pensaban: otra vez un hombre apropiándose de un espacio que no le correspondía.
El feminismo nunca ha pedido voceros masculinos. Ha exigido aliados capaces de reconocer que el protagonismo no siempre les pertenece.
Y quizá esa siga siendo una de las lecciones más difíciles de aprender para buena parte de la clase política mexicana: que ceder el micrófono también es una forma de ejercer el poder… pero con igualdad.