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Por Eduardo López Betancourt
Sin lugar a dudas, desde siempre hemos llamado “rata” a quien se apropia de lo ajeno; es, sin duda, una práctica ancestral. Lamentablemente, en nuestra época esa conducta nociva se ha visto favorecida por un cúmulo de normas que terminan beneficiando al delincuente y desprotegiendo cada vez más a la víctima, quien debe resignarse a ver mermado su patrimonio sin que se haga justicia. La desesperación crece, y tal vez algún día se plantee la idea de “tomar la justicia por propia mano”, lo cual sería desastroso, aunque pareciera no quedar otra alternativa.
Lo más grave del asunto son las “ratas oficiales”, es decir, aquellas que utilizan cínicamente su poder para obtener provecho propio, provocando que sus latrocinios sean cada vez más frecuentes, una situación verdaderamente lamentable. De antaño se sabe que ocupar un cargo, por modesto que sea, representa para muchos la oportunidad de cometer abusos.
En México existen regiones donde estas prácticas alcanzan dimensiones alarmantes. La frontera norte, en particular Tijuana, se encuentra asediada por funcionarios corruptos que se aprovechan de la numerosa población que busca estar cerca de Estados Unidos. En ese contexto, el saqueo en las esferas gubernamentales crece de forma desmedida y no se vislumbra ninguna disminución. Así, tramitar cualquier asunto en el municipio o en una dependencia pública implica, casi invariablemente, ser extorsionado. Lo mismo ocurre en los servicios públicos, donde la policía ocupa un lugar preponderante al abusar despiadadamente de ciudadanos de escasos recursos, muchos de ellos extranjeros.
Este fenómeno tampoco es ajeno a las terminales de autobuses ni al aeropuerto. En la terminal aérea no hay forma de evitar que, al llegar a la revisión final, el viajero sea despojado de sus pertenencias bajo el pretexto de que determinado artículo no puede ingresar al territorio nacional, afirmación completamente falsa. Tijuana siempre ha formado parte de ese territorio y, sin embargo, se le trata como si fuera zona extranjera, convirtiendo a sus habitantes y visitantes en víctimas sistemáticas del abuso.
El robo se ha vuelto, en Tijuana, una práctica cotidiana: un verbo que se conjuga en todos sus modos, tiempos y personas.