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Por Ana E. Rosete
@espinosa_rosete
Ayer terminó junio. Las banderas arcoíris volvieron a los cajones, los logotipos multicolores desaparecieron de las redes sociales y los discursos sobre inclusión quedaron archivados hasta el próximo año. Como si el respeto tuviera fecha de caducidad y la dignidad pudiera reducirse a una campaña de treinta días.
Cada año ocurre lo mismo. Durante junio, las marcas descubren que la diversidad vende y los políticos que la inclusión también da votos. Se toman la fotografía, publican el mensaje correcto y se envuelven en los colores del orgullo. Pero basta con cambiar la hoja del calendario para que las promesas se congelen, las iniciativas se olviden y la agenda de los derechos de la comunidad LGBT+ vuelva a quedarse a medias. Ahí siguen las deudas con las infancias y las juventudes que merecen crecer sin miedo, y con miles de personas que aún enfrentan discriminación simplemente por existir.
Pienso en mi mejor amigo. Él no cabe en una bandera. Nadie cabe en una bandera.
Cuando pienso en él, su orientación sexual es, sin duda, lo menos importante que podría decir. Pienso en un hombre íntegro: inteligente, respetuoso, responsable y profundamente trabajador. En alguien que nunca deja de aprender, que vive en constante movimiento y que está convencido de que el mundo se conquista con esfuerzo. Pienso en el amigo que escucha sin juzgar, que responde con un sarcasmo oportuno cuando hace falta sonreír y que siempre está ahí, con un hombro o una palmada en la espalda, cuando la vida pesa demasiado.
Él, como millones de personas, no necesita un mes para existir ni una campaña para ser reconocido. Es un ciudadano con derechos, obligaciones, sueños y una dignidad que no depende del color de un logotipo. Es solo Dan.
Las personas no son estrategias de marketing ni accesorios para construir una imagen de inclusión. Tampoco son votos que se buscan en junio y se olvidan en julio.
El orgullo nunca debió durar treinta días. La igualdad tampoco debería depender de una temporada. Porque mientras algunos guardan las banderas, también guardan el compromiso.
Y esa ha sido siempre la peor forma de discriminación: la hipocresía de quienes abrazan la diversidad cuando conviene y le dan la espalda el resto del año.