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Durazo, quién iba a pensar…

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Por Eduardo López Betancourt

elb@unam.mx

En varias circunstancias, las canciones resultan aplicables a casos concretos. Se ha puesto de moda la titulada Llorar, del notable guerrerense Joan Sebastián, que precisamente señala: “quién iba a pensar… que un día me ibas a abandonar…”. Es el caso del actual gobernador de Sonora, Alfonso Durazo, quien fuera destacado miembro del PRI, incluso secretario particular del extinto Luis Donaldo Colosio, después se unió al PAN en el equipo de Vicente Fox, más tarde, como político veleidoso, brincó al PRD, y claro, ahora es de Morena. Llegó a ser el jefe de la Guardia Nacional y, como buen chapulín, alcanzó la gubernatura de Sonora.

Atraviesa un momento amargo: el periódico The New York Times, y antes otro medio de Los Ángeles, lo han señalado por presuntos actos de corrupción, y es investigado por ello por el gobierno estadounidense, junto con el gobernador de Tamaulipas, Américo Villarreal Anaya.

Quién iba a pensar que Durazo, hombre cercano a López Obrador y dirigente destacado de Morena, estuviera vinculado a situaciones tan preocupantes.

Lamentablemente, en México se sanciona a los políticos contrarios, pero casi nunca a los correligionarios; la impunidad es, por desgracia, la norma cotidiana. Aceptemos que los gobiernos estatales, en particular los de Morena, están ligados con frecuencia a actos ilícitos relacionados con la delincuencia organizada: narcotráfico, extorsión y corrupción en toda su amplia gama. Esto debería angustiar y preocupar al gobierno actual, pero, insistimos, poco o nada se hace para sancionar a los responsables. Quien pasó por el PRI, el PAN, el PRD y ahora Morena ya trae mañas muy difíciles de superar, y más difíciles aún de enmendar.

La gran mayoría de los gobernadores de Morena comparten ese pecado: no solo el de ser chapulines, sino el de conservar costumbres imposibles de erradicar. Durazo alega ser inocente, pero partamos de un hecho indiscutible: en México no se castiga a los políticos en funciones. Habrá que esperar a la justicia estadounidense, lo cual constituye, hoy por hoy, la única esperanza real de acabar con tanta inmundicia.

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