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Por Miguel García Conejo
@kurt2767
El nacimiento de nuevos partidos rumbo a 2027 debería ser una buena noticia para la democracia, pero también obliga a una pregunta incómoda: ¿en verdad representan una opción de cambio o sólo una nueva ruta para que viejos grupos sigan viviendo del erario?
El problema no es que existan más alternativas en la boleta. El problema es que muchas de esas “nuevas” fuerzas llegan cargadas de exmilitantes, exdirigentes y figuras que ya tuvieron encargos públicos o partidistas y no respondieron a la ciudadanía.
Cambian de siglas, ajustan el discurso, rediseñan el logotipo, pero arrastran las mismas prácticas que dicen combatir.
PAZ y Somos México nacen con derecho a financiamiento público y con presencia en la elección federal de 2027.
Legalmente cumplen requisitos, pero políticamente enfrentan una prueba mayor: demostrar que no son franquicias electorales construidas para negociar espacios, conservar privilegios o servir de refugio a quienes ya no encontraron oportunidad en los partidos tradicionales.
La ciudadanía tiene razones para desconfiar. Durante años ha visto cómo la creación de partidos se presenta como renovación, pero termina convertida en reparto de candidaturas, prerrogativas y cuotas de poder.
Si estas nuevas organizaciones no postulan perfiles distintos, no transparentan sus intereses y no rompen con los vicios de siempre, difícilmente podrán llamarse opción ciudadana.
La verdadera renovación no está en fundar otro partido, sino en responder con resultados, ética pública y distancia real de los mismos personajes que desgastaron la política.