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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
Se trata de una enfermedad terrible que ha sido definida, además, como un trastorno de ansiedad: alude a quienes de manera excesiva se consideran enfermos, actitud que se vuelve constante hasta el punto de ser catalogada como una afección grave.
Quienes la padecen elaboran sus propias deducciones y, a partir de ellas, magnifican cualquier síntoma hasta volverlo insuperable. Así, una persona con dolor de cabeza concluye de inmediato que tiene un tumor.
El cáncer ocupa un lugar primordial en el imaginario de estos pacientes. El miedo desempeña también un papel esencial: instala una visión permanentemente pesimista y lleva, en muchos casos, a rechazar los diagnósticos médicos por considerarlos erróneos. El hipocondríaco es asiduo visitante de consultorios; otra de sus características es la tendencia a profundizar, o al menos a indagar con obsesión, en las enfermedades que cree padecer. Su conducta gira en torno a recuperar lo que percibe como una salud perdida.
Resulta inquietante que la población afectada por este padecimiento no deje de crecer.
Conviene, sin embargo, no confundir al hipocondríaco con quien razonadamente advierte que algo no funciona bien en su organismo. No debe caerse en el extremo opuesto, pues la salud es un valor fundamental que merece plena atención.
Quien se realiza exámenes periódicos y permanece alerta ante sus síntomas actúa con responsabilidad; ignorarlos o minimizarlos es igualmente peligroso.
La conducta conocida como anosognosia, la incapacidad de reconocer la propia enfermedad, constituye un riesgo tan real como la hipocondría misma. La prudencia, el autocuidado y la atención sostenida a las señales del cuerpo son, por tanto, altamente recomendables. Lo que debe evitarse es la obsesión, la angustia y el temor permanente a un daño que, la mayoría de las veces, no existe.