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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
De manera sistemática, Donald Trump nos presenta como un país dominado por el narcotráfico. Sin duda, sus declaraciones resultan ofensivas al grado de percibirse como una afrenta contra todos los mexicanos, e incluso han sido interpretadas como pretexto para una eventual declaración de guerra.
Quienes vivimos aquí constatamos cómo el crimen organizado avanza sin freno: cada vez controla regiones más extensas del territorio nacional, opera con total impunidad y se beneficia de la ausencia de una estrategia integral para contenerlo. Es cierto que se realizan operativos aislados, pero, al final, las organizaciones criminales siguen imponiendo su lógica: el cobro de cuotas, la extorsión, las amenazas, la destrucción de bienes y, lo más grave, un número alarmante de homicidios cuyas investigaciones permanecen impunes.
En lo que respecta a las desapariciones, se han contabilizado más de 130 mil personas registradas en esa condición, si bien numerosos casos corresponden, en realidad, a ejecuciones encubiertas. Nos enfrentamos a crímenes perpetrados con saña por bandas delictivas que asesinan y ocultan los cuerpos en fosas clandestinas. Ante la negligencia gubernamental, son los propios familiares quienes rastrean esos sitios por su cuenta, en busca de hijos, padres y hermanos. Pese a esta evidencia contundente, algunos discursos oficiales niegan la existencia de un narcoestado, recurriendo a la demagogia y al engaño.
Resulta amargo y doloroso reconocer que la influencia perversa del delito se extiende por toda la nación. Más allá de los discursos de funcionarios incompetentes, presentables o no, se requieren acciones firmes y coordinadas. En particular, deben apartarse de la función pública los gobernantes cómplices, los policías corruptos y los servidores públicos abiertamente vinculados con las mafias.
Mientras no se proceda contra figuras como Rocha Moya y otros señalados, y mientras persistan los cientos de miles de casos de desaparición forzada y homicidio encubierto, la imagen internacional de México continuará deteriorándose. Nuestra realidad interna refleja, en suma, un escenario amargo en el que la delincuencia opera sin contrapeso en gran parte del territorio. Estamos seguros que la presidenta Claudia Sheinbaum, es consciente de este tema y deberá tomar las medidas requeridas.