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Mundial sin tribuna 

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Por Miguel García Conejo

@kurt2767

Durante décadas, el futbol fue considerado el deporte del pueblo. Nació en las calles, creció en los barrios y encontró en los trabajadores a sus seguidores más fieles. Sin embargo, el arranque de una nueva Copa del Mundo vuelve a exhibir una realidad incómoda: el espectáculo más importante del planeta parece cada vez más distante de quienes le dieron identidad.

Asistir a un partido mundialista se ha convertido en un privilegio reservado para unos cuantos. En México los precios de los boletos, que en algunos casos alcanzan cifras superiores a los 120 mil pesos, colocan la experiencia fuera del alcance de millones de aficionados. Para una familia trabajadora, acudir al estadio dejó de ser un sueño posible para convertirse en una aspiración prácticamente inalcanzable.

La paradoja es evidente. Mientras los verdaderos seguidores observan los encuentros desde casa, bares o plazas públicas, las gradas son ocupadas por sectores con alto poder adquisitivo que muchas veces encuentran en estos eventos más una oportunidad de exhibición social que una auténtica pasión deportiva.

El estadio se transforma así en un escaparate de estatus, donde la fotografía, la exclusividad y la pertenencia a una élite parecen tener más valor que el propio juego.

El Mundial sigue siendo una fiesta global, pero corre el riesgo de perder su esencia popular. El futbol que alguna vez unió generaciones en canchas improvisadas ahora parece responder a una lógica de mercado donde la capacidad económica determina quién puede vivir la experiencia completa. El problema no es que existan aficionados con recursos para asistir. El problema es que el modelo actual expulsa a quienes históricamente sostuvieron este deporte.

Cuando el pueblo queda fuera de la tribuna, el futbol deja de ser un espacio de encuentro colectivo y se convierte en un símbolo de exclusividad.

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