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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
Cada vez se constata con mayor claridad que el organismo internacional que rige el deporte rey del mundo —el fútbol— recurre cotidianamente a conductas que trascienden lo indebido para adentrarse en lo francamente ilícito, donde la corrupción se manifiesta de forma descarada.
El otorgamiento de sedes para celebrar el Campeonato Mundial cada cuatro años es fuente permanente de cuestionamientos. El caso de Qatar resultó paradigmático: el lugar menos apropiado para albergar una justa de semejante envergadura fue, precisamente, ese país árabe, donde el visitante padeció actos de discriminación y un sinfín de vejaciones que sacudieron la conciencia colectiva.
Fui testigo en Italia 1990 de cómo la final entre Argentina y Alemania fue manchada por un penal inexistente, cobrado por un árbitro mexicano de origen uruguayo, fallo que curiosamente favoreció al equipo germano. Aquellos errores nunca se corrigieron cabalmente. Conviene recordar, además, que hace ocho años varios dirigentes de la FIFA fueron procesados judicialmente. El monopolio que ejercen se evidencia hoy en el trato inequitativo que reciben México y Canadá en el actual Mundial, a quienes se les asignó un puñado de partidos frente al caudal de encuentros otorgados a Estados Unidos. Si tres naciones fungen como anfitrionas, lo elemental sería distribuir los juegos de forma equitativa; sin embargo, esa lógica nunca prevaleció, pues el verdadero criterio fue siempre el rendimiento económico de los estadios estadounidenses.
La tiranía es una realidad enquistada en la FIFA: unos pocos dirigentes hacen y deshacen a su antojo, mientras los aficionados son engañados y esquilmados sistemáticamente. La inauguración del torneo en la Ciudad de México ilustró con crudeza el talante elitista de la competencia: el boleto más accesible para ingresar al Estadio Ciudad de México superó los cincuenta mil pesos, cerca de tres mil dólares. La voracidad del organismo no conoce límites; vendió los derechos de transmisión televisiva a precios estratosféricos y jamás mostró interés genuino en acercar el deporte a los sectores populares. El fútbol, otrora pasión de multitudes, se ha convertido en un negocio despiadado. Esa es, hoy por hoy, su más amarga realidad.