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Violencia tolerada, riesgo anunciado

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Por Juan R. Hernández

Lo ocurrido frente a Palacio Nacional no es un hecho aislado ni menor. Comerciantes ambulantes agrediendo a reporteros en plena cobertura, en la calle de Corregidora, exhibe una realidad incómoda: el espacio público en el corazón político del país se ha vuelto terreno de disputa, donde la ley parece negociable. Hace unos días, una reportera fue golpeada con una reja metálica y también hubo amenazas de muerte contra comunicadores no son incidentes que deban normalizarse ni relativizarse.

La reacción oficial —prometer aplicar la ley y garantizar seguridad— llega, como suele ocurrir, después de la agresión. El problema es más profundo: la tolerancia prolongada a grupos que operan al margen ha generado zonas donde la autoridad es difusa y la impunidad cotidiana. Quien cubre la fuente presidencial hoy no solo enfrenta la presión informativa, sino riesgos físicos reales.

No es nuevo. A título personal, ya he vivido episodios similares en calles del Centro Histórico, donde una agresión puede surgir sin previo aviso. En esos momentos, la prudencia dicta retirarse, pero también queda claro que estas dinámicas pueden escalar fácilmente hacia la extorsión o la provocación calculada. No es espontáneo: hay patrones.

El contexto agrava todo. A medida que se acerca el Mundial de Futbol, el Zócalo y sus alrededores se vuelven un botín codiciado. Distintos grupos —no solo vendedores informales— buscan posicionarse para capitalizar la derrama económica. El problema no es la subsistencia, es la falta de reglas claras y su aplicación. Cuando el espacio se disputa sin orden, gana el más agresivo.

La autoridad capitalina enfrenta una prueba concreta: recuperar el control sin simulaciones. No basta con operativos temporales o discursos. Se requiere una estrategia sostenida que garantice seguridad para todos, incluidos los periodistas, y que ponga límites a quienes han encontrado en la informalidad un margen para la intimidación.

Lo ocurrido no debería repetirse. Pero si no hay consecuencias, se convertirá en rutina. Y eso, en el centro del poder, es una señal preocupante.

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