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Cipriano Gómez Lara

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Por Eduardo López Betancourt

elb@unam.mx

En pocos días se conmemorará un aniversario más del natalicio de uno de los académicos más ilustres de la Facultad de Derecho de la UNAM. Sin duda, un personaje de virtudes notables, cuyo humanismo y rigor científico lo erigieron en paradigma del Derecho Procesal, particularmente en el ámbito civil. Aún recuerdo los generosos juicios que sobre él vertía Ignacio Medina Lima, también jurista de calidad excepcional, quien afirmaba que Cipriano era el expositor más brillante y destacado, además de profundo conocedor del procedimiento en el más amplio sentido técnico de la tradición romanista.

En efecto, el doctor Cipriano Gómez Lara fue merecedor de amplios reconocimientos, aunque quizá no en la medida justa. Paradójicamente, lo que menos parecía corresponderle era la Dirección de la Facultad de Derecho de la UNAM; ello no impidió que se consolidara como referente obligado. Tuve innumerables oportunidades de compartir con él las denominadas Caravanas Académicas de la institución, jornadas en las que convoqué a figuras eminentes como Ignacio Burgoa Orihuela, Celestino Porte Petit, Pedro Astudillo Ursúa, Miguel Acosta Romero, sin omitir al autor de las célebres Obligaciones en el derecho mexicano, Ernesto Gutiérrez y González.

La última ocasión en que me reuní con mi colega fue durante un acto celebrado en Nayarit, entidad donde, al igual que en una veintena más, participé como fundador de estudios de posgrado en Derecho, contando siempre con la elocuencia y el respaldo de quien no sólo fue amigo cercano, sino entrañable y admirado non plus ultra de la cátedra.

Me produce especial satisfacción constatar que su hija Karina continúa con acierto la senda trazada por su progenitor. Hace algún tiempo confirmé sus notables aptitudes cuando integramos un Consejo Técnico sui generis, espacio en el que mi voz crítica resultó persistente. Hoy, la destacada jurista ocupa un encargo que siempre procuré dignificar: la Presidencia del Tribunal Universitario. Confío en que, pese a las severas restricciones a la libertad de expresión que imperan en nuestra máxima casa de estudios, pronto pueda concretarse un encuentro académico; llegará el día en que tales mordazas desaparezcan.

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