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Por Ana E. Rosete
Hay políticos que parecen fiscal anticorrupción… hasta que el reflector apunta hacia su propia casa.
Y eso fue exactamente lo que pasó ayer con el panista, Diego Garrido, quien se lanzó con todo contra el alcalde de Gustavo A. Madero, Janecarlo Lozano, acusándolo de inconsistencias presupuestales, malos servicios y hasta de usar programas sociales con fines políticos.
El problema es que mientras Diego se pone el traje de auditor moral, su hermano, César Garrido, carga una larga sombra en Miguel Hidalgo, donde despacha como director Jurídico y de Gobierno bajo el mando de Mauricio Tabe.
Porque si vamos a hablar de cuentas claras y gobiernos impecables, entonces el apellido Garrido tendría primero que explicar por qué César ha sido señalado por presuntas irregularidades administrativas, acusaciones de protección a desarrollos inmobiliarios cuestionados y hasta procedimientos que derivaron en intentos de suspensión e inhabilitación.
Y claro está, ahí el discurso cambia. Ahí no vemos a Diego exigiendo comparecencias, ni rasgándose las vestiduras por el uso del poder público, ni hablando de “la voz de los ciudadanos”. Curioso cómo la indignación selectiva funciona mejor cuando el adversario es de otro partido. ¿Habrá que recordarle a Diego que su hermano hasta camiones de MH mandó a la GAM en campaña para hacerle favores?
Más aún porque, guste o no, Janecarlo Lozano sí trae varios números positivos sobre la mesa. La propia alcaldía presume reducciones en delitos de alto impacto y mejoras en percepción de seguridad; además ha impulsado programas de repavimentación, apoyos a mercados públicos, entrega de uniformes escolares y becas deportivas para jóvenes de alto rendimiento. Incluso fue reconocido recientemente por proyectos de transformación urbana en la demarcación.
¡Qué conste que no lo digo yo, lo dicen los números!
Claro que eso no significa que la GAM sea perfecta ni que no existan pendientes, pero sí obliga a hacer una crítica menos cómoda y más pareja.
Así que cuando toque el turno de Mauricio Tabe de rendir cuentas en el Congreso capitalino, sería interesante ver si Diego Garrido mantiene el mismo tono moralino. Porque entonces no sólo tendría enfrente a un alcalde panista: tendría sentado detrás del escritorio a su propio hermano. Y ahí veremos si la exigencia era auténtica o simplemente política.