46 lecturas
Por Ana E. Rosete
Durante años, hablar de obra pública en la Ciudad de México significó mirar hacia el poniente. Las grandes inversiones, los parques de diseño, los corredores culturales y los espacios “instagrameables” parecían reservados para las zonas donde históricamente se concentra el poder económico y político. Mientras tanto, alcaldías como la Gustavo A. Madero sobrevivían entre el abandono institucional y la resignación urbana.
Por eso vale la pena detenerse a observar lo que está ocurriendo con los parques EDEN impulsados por Janecarlo Lozano. No porque sean perfectos ni porque la propaganda oficial deba sustituir al análisis crítico, sino porque pocas veces una alcaldía del norte capitalino había apostado tan fuerte por recuperar espacio público con visión social y no solamente electoral.
El caso de EDEN Naturaleza, construido sobre el deteriorado parque Corpus Christi, refleja algo más profundo que una obra urbana. Habla de una idea política: devolverle dignidad a zonas que durante décadas crecieron con carencias, inseguridad y servicios insuficientes. El proyecto contempla más de 20 mil metros cuadrados recuperados, áreas deportivas, espacios para mascotas, juegos inclusivos, laberintos, tirolesas y hasta un zoológico animatrónico pensado para niñas y niños.
La apuesta puede parecer excesiva para algunos. Hay quienes cuestionan si un parque con pistas de hielo, espejos de agua o puentes colgantes es prioridad en una ciudad con tantos pendientes. La discusión es válida. Pero también hay que decir algo incómodo: durante años se normalizó que en colonias populares los niños crecieran sin parques dignos, mientras otras zonas acumulaban inversión pública y privada sin discusión alguna.
Lo interesante del fenómeno EDEN es que está intentando cambiar la lógica del “sur bonito” y el “norte olvidado”. Y eso tiene impacto político. Porque cuando una colonia se ilumina, cuando un espacio abandonado vuelve a llenarse de familias, también cambia la percepción de seguridad, de comunidad y hasta de pertenencia.
Además, Lozano parece haber entendido algo que muchos gobiernos locales olvidaron: la obra pública no puede limitarse al cemento. También necesita narrativa, identidad y apropiación social. Por eso alrededor de los EDEN aparecen actividades culturales, ferias del libro, espacios deportivos y recuperación de áreas verdes.
Claro que faltará tiempo para medir resultados reales. Un parque no resuelve por sí solo desigualdad, violencia ni rezagos históricos. Pero sí puede convertirse en símbolo de algo importante: la idea de que el norte de la ciudad también