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Por Lengua Larga
En la Ciudad de México ya no saben si esquivar baches o admirar ajolotes. Porque, mientras la ciudad se desmo-rona a pedazos, el sello de la administración de Clara Brugada avanza a todo color, como si pintar fuera sinónimo de gobernar.
De pronto, el ajolote está en todos lados. Bardas, pasos peatonales, espacios públicos. El anfibio de Xochimilco convertido en logotipo político, en marca personal, en estampita oficial. Y, mientras más aparece, más crece la burla. Porque la pregunta se repite en voz alta y sin filtros: ¿de verdad esto es prioridad?
La ciudad no está para decoraciones. Está para repararse. Calles llenas de hoyos, banquetas rotas, rampas mal hechas que parecen trampa, luminarias que no sirven. Pero eso sí, el brochazo no falta. Como si tapar con pintura fuera suficiente para ocultar el abandono.
Y todo esto con millones de pesos de por medio. Dinero público que, según reclaman vecinos, se está yendo en “embellecer” la capital rumbo al Copa Mundial de la FIFA 2026, mientras lo básico sigue en ruinas. La pos-tal perfecta para el extranjero, aunque el ciudadano tenga que sortear cráteres todos los días.
Lo que empezó como símbolo terminó en saturación. El ajolote dejó de ser orgullo para convertirse en motivo de enojo. Hay quien ya habla de apropiación, de cómo un emblema de todos se transformó en firma de gobierno. Como si lo colectivo se hubiera vuelto campaña permanente.
La cizaña prende fácil porque el contraste es brutal. Una ciudad pintada, pero no arreglada. Una narrativa bonita sobre identidad, mientras la realidad se tropieza en cada esquina. Y así, entre colores y baches, la capital se llena de ajolotes… y de reclamos.