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Por Lengua Larga
En la política mexicana hay quienes se tropiezan… y quienes, como Maru Campos, parecen empeñadas en hacer del tropiezo todo un performance público.
Porque lo de Chihuahua ya no es un simple desliz: es una coreografía completa donde la transparencia brilla por su ausencia y la soberanía parece haber quedado en calidad de accesorio opcional. Resulta que, en este episodio digno de guión de serie de espionaje de bajo presupuesto, salió a flote la presunta operación de agentes de la CIA en territorio chihuahuense. Sí, así, sin mucha ceremonia, como si se tratara de abrir una sucursal más de café, pero con espionaje incluido.
Y mientras la opinión pública levanta la ceja, porque algo huele raro cuando fuerzas extranjeras operan con tal soltura, la gobernadora ensaya el ya clásico número del “yo no fui”. Un acto que, dicho sea de paso, cada vez le sale menos creíble. Porque cuando la mula torció el rabo, como dice el dicho, la narrativa oficial empezó a desmoronarse más rápido que discurso en campaña.
El problema no es solo el posible permiso, explícito o implícito, para que agentes extranjeros trabajaran en Chihuahua. El problema es la ligereza con la que se pretende minimizar algo que, en cualquier democracia seria, sería motivo de una crisis política de alto calibre. Aquí, en cambio, parece que la estrategia es apostar al olvido exprés: negar, matizar, desviar… y esperar a que pase el escándalo.
Pero no, no es tan fácil. Porque cada declaración ambigua, cada silencio incómodo, solo refuerza la idea de que hay más debajo de la alfombra. Y ahí es donde entra el verdadero desgaste: no es la oposición, que, para variar, anda más bien distraída, sino la propia falta de claridad lo que le está pasando factura.
Maru Campos quiso jugar en la liga de la seguridad internacional sin explicar las reglas del juego. Y ahora que el reflector está encima, la improvisación queda en evidencia. Porque gobernar no es improvisar ni mucho menos hacer de la soberanía un tema negociable bajo la mesa.
Al final, la imagen que queda es la de una mandataria intentando limpiarse las manos mientras el lodo sigue fresco. Y en política, como en la vida, hay manchas que no se quitan con discursos.