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El hijo de Ebrard

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Por Eduardo López Betancourt

elb@unam.mx

Conozco a Marcelo Ebrard Casaubón desde los años ochenta. Siempre me pareció un hombre inteligente, perspicaz y de notable educación. Junto con mi entrañable amigo Manuel Camacho, conversamos en diversas ocasiones sobre su trayectoria política, en la que ambos enfrentaron condiciones adversas tras la conducta ingrata que asumió hacia ellos el entonces mandatario Carlos Salinas de Gortari. Más adelante, cuando sobrevino el conflicto por la Línea 12 del Metro en mayo de 2021, tuvo a bien encargarme su defensa jurídica. Se trataba, incuestionablemente, de una acción persecutoria indigna y perversa. Todo el expediente que acreditaba su inocencia me lo entregó; al final, optó por trasladarse a Francia.

Hoy vuelve a ser el centro de la controversia. Su hijo fue alojado durante cierto período en la Embajada de México en Londres, hecho que ha desatado críticas contundentes con las que se pretende señalar un abuso de poder y nepotismo, toda vez que Ebrard ocupaba entonces el cargo de canciller.

Sin ánimo de defenderlo, circunstancia que, por lo demás, no resulta necesaria, debe entenderse que el asunto se ha vuelto mediático con un propósito evidente: desprestigiarlo. Ebrard ha respondido con serenidad y ha explicado con precisión que no hubo tal abuso; se trató, en realidad, de una medida orientada a garantizar la seguridad de su hijo. Esta situación no tiene nada de insólita: las embajadas representan formalmente al país de origen ante otro Estado, gestionando relaciones políticas, diplomáticas y comerciales. A nuestros representantes se les asigna una residencia oficial en la que pueden recibir a familiares y allegados. Sería francamente desatinado pretender que un embajador no pudiera hospedar en su propia casa a sus hijos o a sus amistades. El caso del hijo de Ebrard es, en suma, un escándalo artificioso tratándose de un político de primer orden en México.

Es lamentable que en nuestro País un asunto trivial y cotidiano derive en excesos y situaciones bochornosas que afectan no solo al personaje político en cuestión, sino, y esto es lo más grave, a un menor de edad.

México exige pasar la página y concentrarse en los problemas reales que aquejan a la sociedad, dejando de lado los golpes bajos y las conductas infames que no conducen a nada constructivo. Resulta imperativo ser indiferentes a los señalamientos que buscan descalificar sin fundamento, y más aún cuando esas críticas emanan de los propios ámbitos oficiales.. Tenemos la certeza de que esta campaña de desprestigio lleva la firma de quien hoy nos representa, de manera desafortunada, en el Reino Unido: un personaje arbitrario, cargado de odio y de animadversiones, del que esperamos que, por todos los graves actos cometidos, reciba a su debido tiempo la sanción que merece.

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