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Por Pedro Linares Manuel
Apreciable lector: hay frases que atraviesan el tiempo porque encierran verdades profundas. Cuando Jesús dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, porque de los tales es el Reino de los Cielos”, no solo hablaba de permitir el acceso físico de los niños, sino de revelar un misterio espiritual que pocas veces comprendemos.
Desde la mirada de la antropología gnóstica, el “niño” no es únicamente una etapa biológica, sino un estado de conciencia. Representa la pureza, la espontaneidad, la ausencia de malicia y la capacidad de asombro ante la vida. El niño vive en el presente, no está cargado de culpas del pasado ni de ansiedades del futuro.
EL NIÑO INTERIOR
El ser humano adulto, en cambio, se va llenando de estructuras mentales, de condicionamientos, de miedos y de lo que la Gnosis denomina el ego pluralizado. Poco a poco pierde esa esencia original, ese contacto con lo auténtico. Por eso, cuando Jesús habla de “los niños”, está señalando una condición interna que debe ser recuperada.
“Dejad que los niños vengan” también puede entenderse como permitir que esa esencia interna se acerque a la conciencia. Es decir, dejar de bloquear con prejuicios, con orgullo o con rigidez mental aquello que es simple, verdadero y esencial dentro de nosotros.
El Reino de los Cielos, desde esta perspectiva, no es un lugar físico, sino un estado de conciencia elevada. Y ese estado no puede ser alcanzado desde la complicación del ego, sino desde la sencillez del corazón. El niño no lucha por aparentar, no compite por ser superior, no se define por el ego; simplemente es.
VOLVER A LA ESENCIA
Este llamado no es a regresar a la infancia biológica, sino a reconectar con la esencia que fuimos perdiendo. A observarnos, a despojarnos de lo innecesario y a recuperar la capacidad de vivir con autenticidad.
Porque, en el fondo, la enseñanza es clara: no es el niño quien debe convertirse en adulto para comprender la verdad… es el adulto quien debe aprender nuevamente a ser como un niño para poder alcanzarla. Si tiene hijos dele todo el amor que ellos necesitan, aunque usted no lo haya tenido, préstele sus oídos para escucharlos y siéntase con ellos, dedíquele un tiempo espacio para ellos, único y especial, vale la pena y es grandioso sembrar amor en los hijos.
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