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Por Ricardo Sevilla
El terrible incidente ocurrido en la zona arqueológica de Teotihuacán, que dejó dos muertos y cuatro heridos, está destinado a revivir una cadena de tragedias que han marcado a uno de los símbolos culturales más importantes de México.
La comentocracia ya publicó, por aquí y por allá, sus recuentos.
Sin embargo, también debería servir para que lleváramos a cabo reflexiones más profundas.
De entrada, debería ayudarnos a debatir sobre la postverdad. Y es que, desde una perspectiva sociológica, estamos ante la espectacularización de la negligencia.
¿A qué me refiero? A que la sed de viralidad ha dejado al rigor periodística en la miseria.
Y es que, de acuerdo con datos de engagement en redes sociales, las noticias que involucran “muertes”, “asesinatos” “destrucción” o “polémica” generan un 400% más de interacciones que aquellas que informan sobre hallazgos científicos, temas de salud o avances tecnológicos.
Pero hay más. Y es que el 78% de los portales de noticias digitales prefiere priorizar los titulares engañosos y el clickbait para financiar sus operaciones ante la caída de la publicidad tradicional, sacrificando, sin ningún pudor, el rigor documental.
El dato duro es demoledor: la información científica sobre Teotihuacán tiene una vida media de 24 horas, mientras que una nota sobre el incidente que cobró víctimas fatales generará picos de tráfico que podrían sostenerse por semanas.
Al sacrificar el rigor por el clickbait, los medios no solo desinforman, sino que banalizan cada tema que tocan.
Lamentablemente, la sociedad actual se niega a consumir información y prefiere embrutecerse con emociones intensas y cada vez más disparatadas. Infelizmente, si la noticia no duele, parece que ya no es noticia.
La mezquindad informativa es la plaga más peligrosa del patrimonio cultural.
Y ¿sabe qué? Sí estamos democratizando la información, pero también la estupidez.