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Por Pedro Linares Manuel
A simple vista, el béisbol es un deporte. Pero al observarlo con profundidad simbólica, emerge una pregunta inquietante. ¿por qué su estructura parece responder a un orden casi perfecto? El campo no es un círculo ni un rectángulo común. Es un diamante, figura que en la tradición masónica representa perfección, equilibrio y proceso. No es casualidad: el jugador no corre al azar, avanza por estaciones. Cada base es un punto de transformación.
La primera base simboliza el inicio, el despertar. La segunda, el entendimiento. La tercera, la madurez. Y el home, el retorno al origen, pero ya transformado. Como en todo camino iniciático, no basta con avanzar: hay que comprender cada etapa.
El número también habla. El béisbol se juega en nueve entradas, número asociado al cierre de ciclos y a la totalidad. No es un tiempo arbitrario, es un proceso completo. Si el juego se extiende, es porque aún no se ha resuelto el equilibrio.
El pitcher, quien inicia cada jugada, representa la voluntad que pone en movimiento la vida. El bateador, en cambio, encarna el libre albedrío: decidir en segundos, actuar o dejar pasar. No todo lanzamiento debe ser golpeado; no toda oportunidad es correcta.
Las tres oportunidades (strikes) reflejan una ley silenciosa: error, aprendizaje y consecuencia. No hay infinitas oportunidades. Hay un orden.
El umpire, figura aparentemente secundaria, encarna la ley. No participa del juego, pero lo regula. Su juicio no depende de opiniones, sino de reglas. Así también opera el orden universal.
Incluso el silencio del béisbol revela un misterio. Entre cada jugada hay pausa. No todo es acción. En esa quietud se construye la estrategia. Como en la Masonería, lo esencial no siempre es visible.
El equipo mismo funciona como una logia: cada integrante tiene una función, un lugar, una responsabilidad. No hay caos, hay estructura. El béisbol, entonces, deja de ser solo un juego. Se convierte en una representación simbólica del orden, del tiempo y del proceso humano. Un lenguaje silencioso que, como toda enseñanza iniciática, no se impone… se descubre. Porque quien aprende a ver más allá del juego, entiende que no está solo compitiendo. Está recorriendo, sin saberlo, un camino de sentido. Libros y contenidos: www.mentisnovatea.com | Citas psicológicas: WhatsApp 56 4410 4184