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Por Ricardo Sevilla
La silla del gobernador en México ha sido, para muchos, un trono de cristal que se rompe al terminar cafa sexenio.
Pero no se trata solo de una trama política; lamentablemente, es un guion criminal que, cada determinado tiempo, se ha ido repitiendo con distintos rostros pero el mismo desenlace: la huida.
Y ese ha sido el caso, por ejemplo, de Silvano Aureoles. El exmandatario de Michoacán, envuelto en una orden de aprehensión y una fuga presuntamente custodiada por el CJNG, reabre una herida que nuestro país no ha logrado cerrar.
Infelizmente, muchos han sido los gobernadores corruptos que han terminado por huir y, posteriormente, han parado en la cárcel.
Recordemos que, en octubre de 2016. Javier Duarte solicitó licencia y desapareció en el aire. El tipo se dedicó a desviar millones en Veracruz. Pero la cifra no fue lo más cruel; fue el engaño. Y es que, durante su gestión, niños con cáncer recibieron agua destilada en lugar de quimioterapias. La indignación cruzó fronteras. Su captura en un hotel de lujo en Guatemala, en 2017, no fue el fin, sino la confirmación de que Duarte fue un auténtico hampón.
Pero no fue el único transa. En Chihuahua, César Duarte (el otro Duarte) se dedicó a confeccionar y operar la tristemente célebre “Operación Zafiro”, que no fue otra cosa que una arquitectura de contratos simulados para vaciar las arcas estatales. El tipo salió de México en 2017 con la calma de del indolente que se cree intocable, hasta que su mentado “sueño americano” terminó llevándolo a una celda de Florida en 2020.
Pero al nombre de estos dos granujas habría que sumar el nombre de Roberto Borge. El entonces gobernador de Quintana Roo fue acusado de vender terrenos públicos como si fueran un botín. El tipo intentó el salto a Europa, pero Panamá fue su muro; lo detuvieron antes de que el avión despegara.
El PAN también escribió su capítulo con Guillermo Padrés en Sonora. Lavado de dinero y enriquecimiento ilícito. Padrés no cruzó la frontera, pero jugó a las escondidas con la ley hasta que el cerco se cerró y decidió entregarse en 2016.
De modo que hoy, desgraciadamente, la historia de Silvano Aureoles parece un déjà vu.