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Por Miguel García Conejo
@kurt2767
La amenaza del presidente de Estados Unidos de “desatar un infierno” contra Irán no solo revela una apuesta militar temeraria; exhibe, sobre todo, la vieja lógica de Washington: proteger rutas energéticas, mercados y poder financiero aun si el costo lo paga el resto del mundo.
Este domingo, Donald Trump escaló su presión sobre Teherán al amenazar con atacar infraestructura iraní si no se reabre el estrecho de Ormuz, el paso por donde normalmente transitan alrededor de 20 millones de barriles diarios de crudo, cerca del 20% de los líquidos petroleros globales. El problema ya no es hipotético.
Reuters reportó que el conflicto ha detonado la mayor disrupción petrolera registrada, con crudo cercano a 120 dólares y advertencias de que podría superar los 150 si el cierre se prolonga. El FMI ya alertó que la guerra está apagando la recuperación de muchas economías, mientras la Reserva Federal observa el riesgo de un nuevo choque inflacionario. Eso significa gasolina más cara, transporte más costoso, alimentos más altos y crédito más duro.
Por eso, esta no sería una crisis “regional”. Sería una sacudida global que alcanzaría también a la comunidad más apartada: el alza del diésel encarece cosechas y reparto; el gas eleva costos domésticos; los fertilizantes y los insumos importados presionan el precio de la canasta básica.
Cuando Washington convierte la geopolítica en negocio estratégico, el resultado suele ser el mismo: ganancias para unos cuantos, inflación y riesgo de recesión para todos.
Decir que el mundo pagará la factura ya no es una consigna ideológica; es una conclusión económica cada vez más visible.