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Cultura inmaterial de la Ciudad de México

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Por Diana Sánchez Barrios

El patrimonio cultural inmaterial son las prácticas, representaciones y conocimientos transmitidos de generación en generación como parte esencial del legado cultural del pueblo. La cultura inmaterial no se presenta como un adorno folklórico, ni como un evento turístico, sino como la trama viva que sostiene la identidad colectiva, la memoria histórica y las formas cotidianas de resistencia popular. Está hecha de sonidos, sabores, rituales, palabras, gestos y saberes que no caben en un museo, pero que estructuran la vida social. En una metrópoli marcada por la desigualdad, la gentrificación y la mercantilización del espacio urbano, la cultura inmaterial es un campo de disputa política cuando nos preguntamos: ¿quién decide qué tradiciones valen y cuáles no?

En la CDMX la defensa y protección de la cultura inmaterial es relevante. Nuestra metrópoli no puede entenderse sin sus expresiones populares en alcaldías, plazas públicas, fiestas patronales de los barrios originarios o danzas concheras del Zócalo. La cultura es un escenario de afirmación comunitaria. Estas expresiones reivindican el uso del espacio público, el derecho a la ciudad y la alegría colectiva. La cultura articula demandas de reconocimiento. Por ello, es que una parte sustantiva de mi trabajo legislativo está orientada a la defensa y promoción de la cultura inmaterial en distintos ámbitos de la sociedad mexicana.

Como en la música popular con los “sonideros” y sus mezclas de cumbia, salsa y saludos personalizados; los mariachis que resuenan en la Plaza Garibaldi; el hip-hop que se ha desarrollado en los barrios periféricos y marginados de nuestra metrópoli; la música electrónica independiente como construcción de pertenencia e identidad juvenil; el ska mestizo y su fusión de ritmos indígenas y europeos que denuncia desigualdades; así como el rock urbano que surge como la voz del barrio y de la clase trabajadora.

La cultura inmaterial también abarca a la comida, las fondas y las cocinas económicas. Sin la enorme diversidad y originalidad culinaria que emerge de las colonias populares nuestra identidad social y cultural sería incomprensible. La cocina mexicana fue reconocida como patrimonio cultural inmaterial por la UNESCO desde 2010. Los mercados públicos son espacios donde se transmiten saberes culinarios, se sostienen economías familiares y se tejen redes de solidaridad. La cultura inmaterial culinaria de nuestra ciudad combina herencias indígenas, mestizaje colonial y creatividad urbana.

La riqueza cultural inmaterial se expresa en el cruce de lenguas y migraciones. Náhuatl, mixteco, otomí y otras lenguas indígenas conviven con expresiones juveniles, modismos urbanos y lenguajes artísticos. El habla chilanga, con su ironía y creatividad, es parte del patrimonio intangible. Asimismo, la diversidad sexual y de género produce expresiones culturales propias –marchas, performances, estéticas o formas de nombrarse- que reconfiguran el espacio público y amplían el horizonte democrático.

Continuaré presentando ante el Congreso de la CDMX iniciativas para el fomento y protección de nuestras culturas inmateriales, porque considero que toda política que aspire a la justicia social debe escuchar este latido y reconocer que sin cultura viva no hay ciudadanía plena.

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