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Sangre en las manos

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Por Ricardo Sevilla

¿Se acuerda de un tal Silvano Aureoles? ¿No? ¡Yo creo que sí! Para refrescar su memoria, permítame recordarle un par de sucesos ocurridos el 4 y 5 de abril de 2017.

Miembros de la comunidad purépecha de Arantepacua, municipio de Nahuatzen, en Michoacán buscaban la propiedad de su tierra. Y alzaban la voz y se manifestaban.

Al perredista Silvano, que en ese momento era gobernador de ese estado, no le gustaban lo que denominó “disturbios” y, con total indolencia y sangre fría, decidió ordenar una incursión armada. Cientos de policías estatales y federales irrumpieron en el pueblo.

El gobierno de Aureoles, para intentar minimizar la situación, su gobierno habló de un “enfrentamiento”. Pero era una roñosa mentira. Cínica, corrupta y mentirosa fue la administración de Aureoles. La realidad, que intentó maquillar el tipo, salió a la luz gracias a que las investigaciones de la CNDH (Recomendación 42VG/2020) revelaron una situación completamente distinta: hubo ejecuciones extrajudiciales, cateos ilegales y tortura.

Hubo fatales consecuencias que los comentócratas pagados por el gobierno de Aureoles intentaron acallar: murieron cuatro personas, incluido un menor de edad, y hubo decenas de heridos. Y Silvano tranquilo, sin el menor asomo de culpa ni decencia, se dedicó a dar entrevistas (asquerosamente a modo) en LatinUs.

No le digo nada nuevo, en ese caso. Usted sabe muy bien que, lamentablemente, hay ciertos medios de comunicación y ciertos políticos de pacotilla cuyo comportamiento es deleznable.

Tras años de impunidad, un juez de control ha emitido órdenes de aprehensión contra el exgobernador Silvano Aureoles, su exsecretario de Seguridad y 14 agentes.

Se les imputa homicidio calificado, abuso de autoridad y tortura. Y tiene sentido porque la cadena de mando no termina en el gatillo, empieza en el escritorio del jefe, en este caso Silvano.

Aureoles y sus secuaces deberían entender que ni el cargo ni el uniforme son licencia para asesinar, ni el puesto es permiso para torturar.

La comunidad no fue tratada como un grupo de ciudadanos en conflicto, sino como un enemigo interno. Y estos criminales, que tienen las manos manchadas de sangre, deben enfrentarse a la justicia.

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