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Matar no es la solución

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Hace unos días un adolescente de preparatoria disparó a dos de sus maestras quitándoles la vida, usó para ello un arma larga propiedad de su padrastro y previamente transmitió en sus redes, su imagen, vestido de negro y armado.

La reacción de la presidenta fue ordenar el reforzamiento de programas de salud mental en las escuelas, necesario, indispensable y hasta un poco olvidado. El joven, que se identificó como “célibe voluntario”; en varias de sus publicaciones dejaba ver su frustración y rencor hacia la gente que le había “arruinado la vida”, aunque eso, para un adulto medianamente sano no sea motivo de un asesinato, para el joven adolescente sí lo fue. Nuestra sociedad no está habituada a masacres en entornos escolares y menos perpetradas por menores, las semejanzas con el caso Columbine en 1999 en el que dos adolescentes planearon una masacre en un centro escolar de Texas y este hecho tienen puntos de coincidencia: grabarse, manifestar su frustración, acceso fácil a armas, padres que no notan los sutiles cambios o quizá los justificaron y sobre todo, la profunda descomposición social de su entorno.

Es difícil mantener a los jóvenes lejos de la violencia que se ha convertido hoy en motivo de discusión cotidiana debido a la guerra, es difícil cuando en nuestro país, los cárteles dominan territorios completos, piden derecho de piso, matan y secuestran; es difícil cuando en los clubes de juegos en línea, las salas más exitosas son las de juegos bélicos y el adolescente se siente rezagado frente a otros competidores, cuyo “éxito” social les permite con más o menos facilidad a tener una primera novia.

Se alzan voces justificando lo injustificable: cualquier vida debe respetarse; cambiar la legislación para dar cadena perpetua al agresor, ya que trascendió que la pena máxima que recibirá es de 3 a 5 años debido a su edad, y el lugar común ¿dónde estaban los padres?

Quizá los padres siempre estuvieron ahí, como lo estuvo la madre de uno de los responsables de Columbine, pero no fue suficiente. Desde mi perspectiva, cambiar la pena no ayudaría mucho a tratar lo que evidentemente es un problema social y es la sociedad en su conjunto la responsable de actuar, brindar espacios donde puedan ser escuchados, foros de discusión y por supuesto apoyarse en los profesionales de la salud mental y la conducta.

Observar de cerca el movimiento incel y ofrecer soluciones a la frustración en este mundo que es por sí mismo frustrante para todos, sin importar la edad que se tenga.

Ana María Vázquez
Dramaturga/Escritora
@Anamariavazquez

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