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Por Eduardo López Betancourt
Indispensable seguir su ejemplo
Son innumerables los políticos que han pretendido imitar, e incluso asumirse como reencarnación, del oaxaqueño de origen indígena zapoteco. Sus proclamas suelen invocarse como supuestos principios de gobierno; sin embargo, en la mayoría de los casos no pasan de ser mero oropel, desprovisto de autenticidad y rectitud.
Benito Juárez fue un hombre íntegro, en quien las virtudes superaron con creces cualquier desacierto. Como todo ser humano, no estuvo exento de errores; no obstante, sus aciertos alcanzaron dimensiones heroicas, cimentando así su grandeza histórica.
Recientemente se conmemoraron doscientos veinte años de su nacimiento. El homenaje resultó escueto y, como lamentablemente se ha vuelto costumbre, se privilegió el descanso por encima de la memoria. Así, el veintiuno de marzo terminó reducido a un día sin la solemnidad que merece, lo que constituye una afrenta a su legado. No recibió, pues, las justas reverencias que corresponden a una figura de tal magnitud.
Bastan dos episodios para ilustrar su estatura moral. El primero ocurrió cuando su hija, bañada en lágrimas, le fue a pedir “clemencia” porque su esposo, fue sancionado en un juzgado por mal comportamiento y por tanto encarcelado, ante las suplicas, Juárez le dijo:
“Hija no me pidas como padre, lo que como Presidente estoy obligado a negarte…” así el yerno cumplió su condena. Ese era Juárez.
¿Quién, entre los políticos actuales, actuaría con semejante rectitud frente a los abusos que, con frecuencia, cometen sus propios allegados? Muchos se autodenominan “juaristas”, acaso por coincidencias superficiales, pero no por seguir los principios del prócer.
El segundo episodio revela igualmente su temple. Al recibir la dolorosa noticia de la muerte de su único hijo varón, Benito Juárez Maza, expresó con serenidad ejemplar:
“En momentos tan trágicos para la República no se admiten los dolores familiares; así es que sigamos trabajando…”
A Juárez no se le honra únicamente con evocarlo; es indispensable seguir su ejemplo, guiado por la honestidad, la rectitud y el compromiso con el bien común. Para comenzar, el veintiuno de marzo debe reivindicarse como una fecha de auténtico homenaje nacional, no como un simple pretexto para el descanso. Es momento de dejar de relegar, por comodidad, las conmemoraciones que enaltecen los episodios más nobles de nuestra historia. Solo así se fortalecerá, de manera genuina, el patriotismo que tanto necesita la Nación.