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Los Batres

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Por Eduardo López Betancourt

Martí se volvió un alto funcionario

Como suele ocurrir en nuestro País, de pronto una familia alcanza posiciones de poder, las disfruta ampliamente y las comparte, principalmente, entre sus allegados.

Conocí a Martí Batres en su época de estudiante en la Universidad Nacional Autónoma de México. Siempre tuve la impresión de que era un joven luchador, perseverante y convencido de sus ideales. Con el paso del tiempo fue escalando posiciones hasta ocupar cargos de alto nivel, llegando incluso a desempeñarse como jefe de gobierno interino de la Ciudad de México.

Cuando Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano triunfó en la capital, encomendó a Martí Batres que se pusiera de acuerdo conmigo para impulsar nuevas legislaciones en materia civil y penal del entonces Distrito Federal. Batres tenía prisa por aprobar disposiciones de manera apresurada, a lo cual me opuse de forma categórica. Como consecuencia, terminaron aprobándose códigos civiles y penales de efímera vigencia.

Con el tiempo pude observar que aquel joven tranquilo, afable y optimista se fue transformando hasta convertirse en un alto funcionario que, sin más, pareció ignorar sus orígenes modestos. Hoy, al frente del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, persiste en mantener una ley que afecta sensiblemente a los burócratas en lo relativo a lo que debería ser una pensión justa y digna. Los más perjudicados por esta legislación son los maestros, quienes continúan en su lucha por derogarla.

Resulta, por decir lo menos, paradójico que quien en otros tiempos fue un ferviente defensor de los empleados ahora se muestre renuente a otorgarles lo que en derecho les corresponde.

El caso de Martí Batres no es aislado; se repite en innumerables funcionarios que, en el pasado, se presentaron como defensores de la clase laboral y que, una vez instalados en el poder, abandonaron los principios que proclamaban. Desde luego, Batres no está solo. Es bien sabido que ha logrado colocar a varias de sus hermanas en posiciones relevantes dentro del País. Entre ellas destaca Lenia Batres Guadarrama, quien se autodenomina “ministra del pueblo” y protagoniza con frecuencia actos que han dado lugar a numerosos cuestionamientos.

Me gustaría recordar a Martí Batres como aquel luchador social que representaba virtudes, convicciones firmes y una sencillez arrolladora. Lamentablemente, todos sabemos que el tiempo transforma a las personas y que muchos de quienes ayer defendían con vehemencia a los empleados, hoy parecen haberse convertido en sus verdugos.

México reclama dirigentes que conserven sus principios y no los abandonen cuando las circunstancias del destino les otorgan responsabilidades que difícilmente habrían alcanzado de no ser por la revolución democrática impulsada con éxito por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, figura fundamental de la vida política nacional que, por cierto, hoy muchos parecen haber olvidado.

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