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Cuenta regresiva

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Por Ana E. Rosete

Privilegian la espectacularidad

La cuenta regresiva hacia el Mundial ha colocado a la Ciudad de México en una lógica de urgencia que, aunque comprensible por la magnitud del evento, comienza a mostrar signos preocupantes de improvisación. Las obras avanzan —sí—, pero muchas lo hacen bajo la presión de los tiempos políticos más que de una planeación urbana sólida. En ese vértigo, la capital corre el riesgo de privilegiar la espectacularidad sobre la funcionalidad.

Uno de los ejemplos más visibles es la llamada “calzada flotante” en Tlalpan, una intervención que busca reconvertir el espacio público en un corredor más amable para peatones y ciclistas. La idea, en abstracto, resulta difícil de cuestionar: recuperar espacio para la movilidad no motorizada es una deuda histórica en una ciudad asfixiada por el automóvil. Sin embargo, la velocidad con la que se ejecuta la obra ha encendido alertas legítimas entre especialistas y vecinos. No se trata únicamente de construir, sino de hacerlo bien, con diagnósticos integrales, consultas reales y soluciones que dialoguen con el entorno.

El problema de fondo no es la obra en sí, sino el método. Cuando los proyectos se empujan a marchas forzadas, se diluye el margen para corregir errores, ajustar impactos o incluso replantear decisiones. Y en una ciudad con las complejidades de la capital, donde cada intervención repercute en movilidad, comercio, medio ambiente y vida comunitaria, la prisa suele ser una mala consejera.

En este contexto, la administración de Clara Brugada enfrenta un desafío delicado: equilibrar la presión internacional de un evento como el Mundial con la responsabilidad local de gobernar una ciudad viva, contradictoria y exigente. Hasta ahora, su postura ha transitado entre la continuidad de proyectos heredados y la necesidad de imprimir un sello propio. No hay, en ello, ni un descontrol evidente ni una ejecución impecable; más bien, una gestión que navega entre inercias institucionales y decisiones que aún buscan consolidarse.

El riesgo político es claro. Si las obras logran concluirse en tiempo y forma, el rédito será inmediato, aunque posiblemente efímero. Pero si las prisas derivan en fallas estructurales, conflictos sociales o soluciones a medias, el costo será más profundo y duradero. La memoria urbana suele ser menos indulgente que la narrativa gubernamental.

El Mundial pasará. La ciudad, en cambio, permanecerá con las decisiones que hoy se están tomando. Por ello, más que correr contra el reloj, la pregunta de fondo debería ser otra: ¿qué tipo de ciudad se está construyendo más allá del evento? Porque gobernar para el aplauso inmediato puede resultar tentador, pero gobernar para el largo plazo es, en última instancia, la verdadera prueba de oficio político.

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