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Por Jorge Gómez Naredo
El sábado 7 de marzo, varios mandatarios de América Latina identificados con la derecha acudieron a Miami, en Estados Unidos, para reunirse con el mandatario de aquel país, Donald Trump.
En el encuentro, Trump afirmó que la reunión tenía como objetivo conformar una alianza militar entre los países asistentes. También aseguró que el gobierno de Cuba caería pronto y calificó a México como el “epicentro” del narcotráfico, prometiendo que no descansaría hasta “detener” a los grupos criminales.
Los mandatarios presentes, como empleados bien portados, aplaudieron a Trump. Todos sonreían, emocionados de que el presidente de Estados Unidos los hubiera convocado a Miami para escuchar su discurso. No se inmutaron ni siquiera cuando Trump, con tono despectivo, afirmó que no aprendería “su maldito idioma”, es decir, el español.
Esta cumbre evidencia un proceso que no es nuevo y que ha causado un enorme daño a América Latina: mandatarios latinoamericanos que, en lugar de defender a sus pueblos, se hincan ante gobiernos extranjeros, en especial ante el de Estados Unidos.
Llama la atención que esta alianza se haya hecho tan pública y que los mandatarios latinoamericanos que acudieron a Miami no mostraran ni un mínimo de vergüenza ante las agresiones de Trump al español, a los países al sur del río Bravo y a los pueblos que los conforman.
Que esta cumbre se haya exhibido de manera tan abierta indica un cambio en la política de Estados Unidos bajo Donald Trump. Ya no les interesa guardar las formas. El mensaje es directo: queremos dominar América Latina; queremos que los mandatarios de todos los países obedezcan lo que se dicta en Washington; queremos ser dueños de todo.
La cuestión es que, en América Latina, aún existen gobiernos que sí representan a sus pueblos. Y hoy, esos gobiernos están encabezados por el de México. Sí: Claudia Sheinbaum
representa la dignidad de los pueblos que quieren vivir sin tener dueños. De ese tamaño es la responsabilidad de la mandataria mexicana.