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El día que entendí que no era mi culpa

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Por Ana E. Rosete

Hay días que parten la vida en dos. Antes y después.

Para mí, ese día llegó con miedo, con confusión y con una pregunta que tardé demasiado tiempo en dejar de hacerme: ¿habrá sido mi culpa?

Un hombre intentó violarme. Lo escribo hoy con claridad, pero, durante mucho tiempo, no pude decirlo en voz alta. Porque, cuando la violencia machista irrumpe en tu vida, no llega sola: viene acompañada de culpa, de vergüenza y de un sistema entero dispuesto a recordarte que, quizá, tú hiciste algo mal.

Tal vez fue la falda corta. Tal vez fue mi lenguaje corporal, que, según algunos, “decía otra cosa”. Tal vez no dije “no” las suficientes veces. Tal vez no fui lo suficientemente clara. Tal vez debí haber hecho algo distinto.

Así opera el machismo: te arrebata la seguridad y después te convence de que la responsable eres tú. Las cicatrices que aún se ven en mi cuerpo me convencieron mucho tiempo de ello. Fue tu culpa, Ana.

Recuerdo también la otra violencia. La institucional. La del Estado que debería protegerte y que, en cambio, te cierra la puerta en la cara. Cuando llegué al Ministerio Público pensé que lo más difícil ya había pasado.

No imaginaba que el verdadero golpe vendría después. No querían levantar la denuncia. Excusas, silencios, evasivas. La razón se entendía entre líneas: él era importante.

Y entonces la pregunta volvió, más cruel que nunca: si él valía tanto, ¿yo no valía nada?

Ese día entendí lo que significa vivir en un país donde la justicia tiene jerarquías, donde la dignidad de las mujeres compite contra el poder de los hombres, y donde demasiadas veces el resultado está decidido antes de empezar.

Durante mucho tiempo, guardé ese episodio en un lugar oscuro de mi memoria. Lo cargué como una culpa silenciosa. Como si hablarlo fuera a romper algo que ya estaba roto.

Hasta que un día me puse las gafas moradas. Y todo cambió.

Entendí que lo que me pasó no era una excepción, sino parte de una historia colectiva. Que hay muchísimas mujeres que han vivido abuso, acoso, violencia sexual.

Pero hay algo curioso: todas conocemos víctimas, pero casi nadie conoce abusadores.

Es una paradoja que revela la dimensión del problema. El silencio protege al agresor y aísla a la víctima. Nos enseñaron a callar, a minimizar, a justificar. Nos enseñaron incluso a reproducir pequeñas violencias que parecían normales: los chistes, las dudas, las preguntas que siempre recaen sobre nosotras.

Aceptar eso también duele.

Porque el patriarcado no solo se ejerce desde afuera; también se cuela en nuestra forma de mirar el mundo. Reconocer los micromachismos que reproducimos —a veces sin darnos cuenta— es parte de un proceso incómodo pero necesario.

Levantar la voz tampoco es sencillo.

El día que un hombre intentó violarme me arrancó una parte del alma. Eso es verdad. Hay heridas que no desaparecen, solo aprendes a vivir con ellas.

Ninguna mujer debería crecer pensando que la violencia que sufrió fue su culpa.

Porque ningún agresor debería sentirse protegido por su poder o por el silencio colectivo. Porque ningún Estado debería fallarle así a quienes promete proteger.

Ese día cambió mi vida.

No por lo que él intentó hacerme, sino por lo que decidí hacer después.

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